Para el desarrollo social e individual de un niño, el juego e intercambio con otros infantes resulta muy importante. Su evolución psíquica y física depende en gran medida de esto. Antes que un pequeño se escolarice, necesita relacionarse, tener descompresiones, jugar, y todo eso se logra en un entorno social y familiar con condiciones favorables. No obstante, en la actualidad la familia está incorporando una serie de complementos que lejos de ayudar, le restan tiempo y espacio al menor. Ejemplos como repasos después de clases, aprendizaje de idiomas, música o prácticas de deportes son algunas de estas actividades. Estas, prácticamente no dejan espacio al niño para sus propios intereses y en ocasiones no se corresponden con la etapa de desarrollo psicomotor que vive el menor.
El tema de la emigración es otro fenómeno que también afecta hoy a nuestros pequeños. Para nadie es un secreto que Cuba enfrenta este problema desde hace bastante tiempo, y los niños son uno de los grupos etarios más perjudicados. Por tal motivo, existen menores que han quedado al cuidado de terceros, incluso desconocidos, a veces sin analizar que para ellos no hay nada más importante que sus padres. El cuidado de mamá y papá resulta vital en el desarrollo de los hijos.  Por tanto, soy del criterio que deben incrementarse las medidas a tomar para minimizar los impactos negativos en este orden. No debe suceder que un adolescente, estudiante de preuniversitario, que se prepara para las pruebas de ingreso a la universidad, sea el responsable de cuidar a sus abuelos, porque las condiciones de salud de estos no permiten que sean los abuelos quienes protejan al menor. Al respecto, sería prudente realizar una pesquisa sobre la situación actual del cuidado de menores por terceros, e inclusive, desconocidos. Ello permitiría evaluar mejor los casos que se detecten, así como prever situaciones lamentables en un futuro inmediato. Incluso, algunas que no estén tipificadas jurídicamente como poder enfrentar. 
Lo analizado anteriormente predice que se nos está yendo de las manos la prevención en el trabajo con nuestros niños, principalmente, y repito, en entornos vitales como la casa y la escuela. Este último continúa siendo un escenario complejo, donde la preparación de profesores y psicopedagogos debe aumentar a tono con las exigencias socio-ambientales que les vienen encima desde el nivel primario de educación. Nuestras escuelas son públicas y no están ajenas a las transformaciones que vive la sociedad.  ¿Hasta qué punto estas condiciones sociales penetran en las escuelas?  ¿Cómo se reflejan estos cambios en nuestros infantes?  Son algunas de las preguntas que deberíamos responder cuanto antes y en función de ellas desarrollar un plan de acción que contrarreste los ejemplos negativos y enaltezca los valores y formas bien educadas de comportamiento infantil.  Hechos de violencia, acoso escolar, brechas económicas no deben continuar influyendo en la conducta de nuestros niños. No podemos olvidar jamás que, nuestro socialismo es: «con todos y para el bien de todos», y en función de esta premisa debemos trabajar más. Hoy no contamos en nuestro sistema de educación con un programa encargado de diagnosticar y enfrentar fenómenos como el acoso y la violencia escolar, existiendo niños más vulnerables que otros. Conductas como estas, no solamente se aprenden en las aulas, sino también en otros lugares y medios como el barrio y los audiovisuales que circulan en el llamado “paquete”. El incremento de trastornos disociables en los menores va ligado, de una forma u otra a los patrones de violencia que estos reproducen. En la mayoría de los casos lo hacen para no sentirse inadaptados en sus propios grupos de interrelación. Por tanto, somos los padres y maestros los encargados principales de reconocer estas situaciones y formular propuestas que lejos de formar mal o violentar a nuestros niños, los engrandezcan y preparen como hombres y mujeres de bien para el mañana.