Autor: Leonardo Padura Fuentes
Escritor de «Herejes» y «La novela de mi
vida.»
Es un libro de miedos, sumisión y poder.
Es preciso alterar la conciencia de un
paÃs deformado por miedos, consignas y mentiras.
Tengo una naciente alarma instalada en
el pecho.
Vi el destello oscuro de la resignación
en sus ojos.
La humanidad está turbia, cargada de
frustración y odio.
Un manicomio también puede ser un
infierno de duchas frÃas, enclaustramientos, inyecciones, lavativas y otras
terapias devastadoras.
Salir del abismo pervertidor de una
reacción empeñada en asesinar los mejores ideales de la civilización humana.
Pero, ¿cómo?
Las pantomimas pueden ser confusión,
estados de opinión manejables y componendas.
Todos somos expertos en posturas y
fantasÃas eróticas. Ellos con vergas exageradas, y capacidades ellas para
recibir dimensiones descomunales naturales o artificiales, por cualquiera de
sus orificios.
Si uno quiere saberse realmente libre,
tiene que hacer algo para cambiar el mundo de mierda que lacera la dignidad de
las personas. Ese cambio sólo se produce si muchos abrazan la misma bandera.
La mierda petrificada del presente.
Algunos voltean la cabeza para vigilar
su sombra.
La dictadura proletaria reprime a los
trabajadores. La disyuntiva resulta dramática: No es posible permitir la
expresión de la voluntad popular, pues esta podrÃa revertir el proceso mismo.
Llegado el momento en que las masas dejaron
de creer, se impuso la necesidad de hacerlas creer por la fuerza.
Los escorpiones devoran a sus propios
hijos. Las luchas también.
Se siente ese temblor oculto, ese que
puede tomar proporciones de terremoto.
El devaneo sentimental es imperdonable en
un luchador. Por eso, somos máquinas. No somos más que máquinas andantes.
Más bien casi no tengo nada: y casi sin
el casi.
La literatura es cimentar el ascenso
hacia la gloria artÃstica y la utilidad social. Es el oficio para masoquistas
infelices.
Siento una mezcla imprecisa y pantanosa
de sentimientos.
Siento algo real, invasivo, omnipotente
y ubicuo. Mucho más devastador que el dolor fÃsico, o el temor a lo desconocido
que todos hemos sufrido alguna vez. Es una inoculación irreversible.
Prepárate socio: aquà te vas a hacer un
cÃnico o te van a hacer mierda… Bienvenido a la realidad real.
Hay una máxima de: pueblo chiquito,
infierno grande.
El amor y la familia son sentimientos
que pueden lastrar al revolucionario.
Los peldaños del poder: Se necesita una
antÃtesis, un malo, un lado oscuro con el cual pelear para cimentar las bases
del poder.
Todo debe parecer algo lógico,
justificado. Pero no más que eso, parecer.
¿Quiénes pueden librarse de la
manipulación?
La muestra más exultante del poder:
decidir sobre las personas y todo lo demás.
Poder coge de la mano a terror para cerrar
las bocas y paralizar los cuerpos. Sólo queda libre la mente. Libre, pero
invalida para valerse por sà misma. Y le abre paso a la desidia (inercia,
descuido, abandono).
Los amigos, a veces dudan. Los enemigos
pueden ser constantes.
Hay que limpiar la casa.
La filmación de una pelÃcula es montar
una mentira que después pueda parecerse a una verdad.
Se aprenden las artes de los dobleces y
los ocultamientos como forma de ascenso o supervivencia.
El mundo se quiebra bajo el peso de la
reacción, los totalitarismos, la mentira y la amenaza de una guerra
devastadora.
Hay una mayorÃa atemorizada por el
fantasma del cambio, la pérdida de privilegios y las posibles revanchas.
Allà serÃa nada. Vuelvo por miedo…
¡Callo por miedo!
Odio a mis ideas cuando no me responden.
Me siento superior. Soy un enterado en
medio de una masa de marionetas.
A veces, la impiedad es necesaria para
obtener la victoria.
He vivido años, no sólo con otros
nombres, sino con otras pieles.
Quisiera un mundo sin explotadores ni
explotados, de justicia y prosperidad: un mundo sin odios ni miedos.
Tú sabes que la mitad de lo que dices es
mentira. Aun asÃ, si fuera mentira, de todas maneras lo convertimos en verdad.
Y eso es lo que importa: lo que el pueblo cree.
A los enemigos no se les golpea cuando
están de pie, sino cuando se han arrodillado. ¡Y se les golpea sin piedad,
carajo!
La cruz del naufragio. Los brazos de una
cruz. Pedazos de madera renegrida que parecÃan formar una cruz. La madera,
corroÃda, advertÃa que tal vez aquella cruz –de unos cuarenta por veinte
centÃmetros- llevaba mucho tiempo a merced del mar y la arena. Nada la hacÃa
particular: eran sólo dos piezas de madera oscura, muy densa, erosionadas,
devastadas seguramente con una gubia, cruzadas y fijadas entre sà por dos
tornillos oxidados. Sin embargo, aquella cruz rústica, quizás por su desgastada
madera, quizás por estar donde estaba (¿de dónde habÃa venido, a quien habÃa
pertenecido?), me atrajo tanto que, a pesar de mi ateÃsmo, decidà cargar con
ella luego de lavarla en el mar. La cruz del naufragio, la llamé, aun cuando no
tenÃa idea de su origen y sin sospechar por cuanto tiempo me acompañarÃa.
Nadie puede imaginar de lo que es capaz
un hombre, de lo que pueden hacer el odio y el rencor cuando los han alimentado
bien.
Soy un escudo de papel bajo el filo de
una espada de acero.
Las más burdas de las mentiras, dichas
una y otra vez sin que nadie las refute, terminan por convertirse en una
verdad.
TodavÃa queda por ver si la maldad y la
cobardÃa son lo bastante para sellar los labios de un hombre libre y honrado.
Hay una sagrada trinidad: obediencia,
fidelidad y discreción.
Es más difÃcil guardar un secreto que
sonsacárselo a alguien.
Esta es la plaza del miedo. Un miedo que
hemos cultivado con esmero. Un miedo necesario. Sin miedo no se puede gobernar
ni empujar un paÃs hacia el futuro.
Hay preguntas que tienen demasiados
trasfondos.
Sólo la inocencia absoluta te puede
salvar, y aun asÃ, muchos inocentes son capaces de confesar que crucificaron a
Cristo con tal que los dejen tranquilos y los maten cuanto antes.
Nadie resiste. Un hombre puede
arrastrarse, derrumbarse y hundirse.
Mentiras siempre creÃdas verdades y
verdades nunca sospechadas que alumbraban mi inocencia y mi ignorancia con unos
flashazos deslumbrantes.
La semilla de la duda ha caÃdo en tierra
húmeda.
El miedo también se transmite, como una
herencia.
El envilecimiento de un sueño por el
juego del poder. Disfraces de benefactores, de mesÃas, de elegidos, de hijos de
la necesidad histórica y de la dialéctica insoslayable de la lucha de clases.
Y es que la muerte tiene esa capacidad:
resulta tan definitiva e irreversible que apenas deja márgenes para otros
temores.
¿Se derrumba primero el cuerpo o el
cerebro?
Quien no sea vÃctima, será cómplice y,
más aún, será verdugo.
Sólo duermo cuando el cuerpo vence a la
mente, casi nunca.
Hay que gastar en la orgÃa de los
sentidos los mejores cartuchos de las últimas reservas de la virilidad.
La venganza de la historia suele ser más
poderosa que el más poderoso emperador que jamás haya existido.
Hay tramas, tramas sórdidas que se
deglutan hasta la última célula.
Tiene que ser muy jodido vivir toda la
vida como si fueras otro.
Me he pasado toda la cabrona vida con la
sensación de estar huyendo de algo que siempre me agarra, y ya estoy cansado de
correr.
El destino, la vida y la historia se han
confabulado para destrozarme.
Las únicas fuerzas capaces todavÃa de
movernos: inercia y gravedad.
Alguna vez te has preguntado si estás
conforme con posponer sueños, vida y todo lo demás hasta que se esfumen en el
cansancio histórico y en la utopÃa pervertida.
¿Nos vamos al cielo, o a la podredumbre
materialista de la muerte?
Quiero irme al planeta donde todavÃa
importan las verdades, o la estrella donde no haya razones para sentir miedos,
y hasta sintamos compasión.
La mente, a veces actúa con insolente
independencia de la disminuida capacidad de su dueño.
En estos tiempos, no saber es el único
modo de estar protegidos.
Parece que el tiempo retrocede. Como si
le temiera al futuro tantas veces prometido.

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