Es una
mezcla indefinida
de miedos y amor.”
Llovía.
Llovía demasiado porque el poderoso así lo quiso –como decía el viejo Linares-.
Ya no eran uno ni dos los meses que se habían ahogado desde el último
solsticio. Los tres soles se alinearon por última vez durante aquel otoño
desolado. Y el cielo fue invadido por una oscuridad insoportable.
Para ese
instante ella alisaba su cabello naranja. El mismo que día a día le crecía sin
motivo aparente. En tanto, cuando llegaba la época de lluvia –como ahora-, algo
le cambiaba. Un ser insospechado iba emergiendo en su interior. La metamorfosis
coaccionaba los sentidos de la cordura, y salía entonces la criatura que
habitaba en su vientre.
La última
vez que reaccionó cuando se vio diferente, un hilo de viscosidad corría desde
sus oídos hasta caerle sobre los hombros. Más allá de las crecidas que dejaban inutilizables los
servicios, de la ruptura de su nayoki que con tantas épocas de aguaceros había
perdido su identidad, de los azakas despegados, siendo estos los que resolvían
el mayor flujo marítimo; lo que más le molestaba era su transformación durante
esa etapa gris.
Ella había
escuchado unas cuantas historias de crecidas destructivas en la aldea. De personas
desaparecidas durante esos siniestros. Contaban incluso que algunos hasta se
habían arriesgado a ir de pesca en alta mar y las grandes olas le dieron el
abrazo de la eternidad.
Pero todo
era no más que eso; leyendas contadas de abuelo a padre, y de este a sus hijos.
Nadie podía afirmar que hubiera visto un tsunami, una inundación de tal
espanto, o que se yo. Nadie, excepto aquel viejo solitario porque sólo el salió
del Nes. Por tanto, ninguno podía dar fe de alguna existencia fuera de aquel
lugar. Y el viejo, el que sí presumía de poder hacerlo, no hablaba en lo
absoluto. A no ser con un extraño pájaro que volaba cada tarde casi rozando el
mar.

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