Manoseaba sus pechos embadurnados de líquido pre seminal. Aún no finalizaba. La enajenación orgásmica no llegaba. Se escurría la posibilidad de acabar con aquella tortura.

Embriagada de lo que le acontecía, sus sentimientos apostaban por lo antinatural. Erizaban su epidermis, e inclusive hacían de un modo retorcido que sus pezones se pusieran erectos. Esa era una rara manera de excitarse, tan placentera para él como ver pornografía. Ella emitía un jadeo que calentaba el ambiente, y a poco iba cediendo.
Se sofocaban él y ella, ella y él hasta apagarse; así como la luz que resaltaba los verdes ojos de su carnicero. Al mismo tiempo daba la sensación de una mirada mustia, sin vida.
El desgarre del vestido transparente era la prueba del caldeo que transpiraban las paredes de aquella habitación enumerada con el 67. El ansia masculina no aguardaba por el permiso concedido. Había que ir por todas.
Se podía olfatear el amor. Y aunque platónico, cada uno desempeñaba un rol importante en esta historia. Ni las lágrimas que brotaban por las pupilas de la joven, lo iban a detener. «Era preciso terminar la acción». Sin embargo, la desesperación puede traer resultados desfavorables. 
Rebosado de un cúmulo de deseos, el destino quiso hacerle una jugarreta, y su pene descendía con la misma fuerza de la ley de la gravedad. «Carajo que todos tienen derecho a que se les baje». Al igual que el péndulo de un reloj, su falo subía y caía como una montaña rusa.
En instantes se dibujó en el rostro endurecido por los años que pesaban sobre aquel hombre, una sonrisa parecida más bien al simulacro de una mueca. Él dejó entrever su necrosis pulpar y ella sintió el vómito que quemaba su garganta. Los fluidos biliares estaban de juerga.
Una sensación invadía su cuerpo, ya débil para ese entonces. Levitaba en los mares de su propia ultratumba, pues los placeres carnales gritaban ¡presentes!  
Un demonio con cuerpo de humano danzaba a toque de cajón, e irrumpía en su cabeza tantas veces como fuera necesario, para enfatizarle que su Dios no estaba en ese horrendo momento. Un trueque de suerte que de cara se volteó a cruz.
La iridiscencia en su mirada lo hizo detenerse y caer en la cuenta que había transgredido los límites. Nunca más sería el mismo para ella; en cambio y por vez primera, ella era la mujer que él siempre había querido poseer.
Hasta ese entonces, acariciada sólo cuando alucinaba con su infantil imagen. En los escondrijos más oscuros de su mente, el morbo libidinoso varonil iba tras su hembra, olfateándola como carne fresca.
Todo era parte de una conspiración. Fragmentos. Escenas de terror con sexo al límite de la animalidad. Traición-ruptura de una amistad. Segundo tras segundo le desangraba las entrañas y la consumía a un dolor vaginal que carcomía su virginidad. 
Llegó finalmente el orgasmo, y la mirada de la desdicha quedó abstracta entre las grietas de una pared con moho y oídos tuberculosos. Confidente de otros males antes sucedidos.   
Bajo el efecto de aquella violación, maquinó el modo de hacerlo pagar propiciándole un mayor sufrimiento. Herir su orgullo era un tema que requería de la meticulosidad en la que ella poseía una maestría con creces.     
Pero sería después, cuando ya todo estuviera en calma, ahora debía salir de ese mal sabor a semen agrio… 
Casi una década desde el primer encuentro y ninguna señal. Era un desconocido. Un tipo sin escrúpulos que le inspiraba desconfianza, y malas energías. Lo que hacía más difícil aquella extraña situación.
-No puedo creer que sea él ¿Porqué, porqué me hizo esto? Siempre fuimos amigos ¿cómo pudo?
Incrédula, pasó un tiempo prolongado sin llegar a encontrar un motivo. Simplemente no daba crédito a lo ocurrido. Pero sí. Por más que se sintiera defraudada era hora de despertar y volver a la realidad. Le venían muchas ideas retorcidas a su mente. Transitaba entre la cordura y la enajenación. Las emociones fluían.
-   Tengo que dejar de lloriquear. Eso no va a servir pa´na
La hora indicaba que era pasada las tres de la tarde. Entonces había muerto Eloísa Suárez… y a su vez quedaba calcada a imagen y semejanza, la versión de Eloísa con su otro yo.
Todo se ralentizó, y como en estado de apnea vino de vuelta al mundo por segunda vez, pero en condiciones diferentes: a medio vestir, sentía asco de sí misma (ese maldito olor que no salía de su mente). Pero lo más importante, sentía por primera vez que era una mujer con poder. Ella era la única capaz de cambiar su realidad.
Taciturna y mirando nuevamente el cartel que enumeraba con el 67, aquella habitación donde había sido violentado, recogió los desperdicios del piso, entre ellos objetos personales sin mucha relevancia, y dejó, con todo propósito- sus miedos. Ya esa indumentaria no volvería a formar parte de su conjunto. Así salió de la habitación. Con ese inconfundible olor a vómito.
-   Qué extraño. No va con la cabeza baja. Ya no llora, ni me reprocha siquiera con la mirada…
Estaba consciente que no era necesario, pues con la ira que reflejaban sus ojos era una muestra más que suficiente, para saber que todo se había salido de control. Cualquier sonido o gesto quedaría reducido a poco ante esos ojos. Tenía la sensación de estar minimizado, al punto de sentirse como una cucaracha, casi moribunda, luchando por seguir infectando el mundo con su asquerosidad. 
Una sensación rara lo invadió, y como una inyección de morfina por vía intravenosa el pánico paralizó cada nervio de su cuerpo, simulando un estado de dopaje donde la realidad se confundía con lo inverosímil a modo de espejismo. Aquello lo dejó tan anonadado, que no atinaba a distinguir entre el susto y lo cagao que estaba, se diferenciaban uno del otro.
-   El susto es para los que tienen clase, para los normales, y como eso a mí no me pasa nunca, pues estoy cagao, y bastante, pero ¿qué cambió? 
A través de la ventana, se escuchaba el ruido de los carros. El claxon de los vehículos que transitaban por la angosta calle, llena de agujeros. Personas que conversaban desde las aceras a un nivel perceptible para cualquiera que prestara un poco de atención. Encima de todo, estaba el ulular de los pregoneros. Un coctel para aturdirse. Pero no, de eso él no padecía. Para un violador, aturdirse, sentir miedos eran palabras fuera del diccionario.
Para ese entonces, le temblaba el ojo izquierdo. Del mismo modo en que saltan las alarmas contra incendios. ¿Magia negra o hechicería? aunque un tanto dudosa la interrogante, la realidad indicaba que algo raro se cocinaba en el ambiente.
En una ocasión ella fue a la cafetería más cercana de la universidad, Las Moscas. Conocida así entre los universitarios porque era la cafetería perfecta para matarse el hambre.
Como de costumbre se podía leer en la tablilla las dos o tres variedades de bocaditos y el refresco de sirope de turno. Este era el menú de degustación, jornada tras jornada. Perfecto luego de una mañana de clases. Fue en ese instante cuando lo conoció. Para bien o para mal, el destino lo ponía en su camino. Tiempo después, el prisma del cristal con el que la joven lo miró, cambiaría. 
Jaime estaba impecable. Como el vestido de una novia próxima a subir al altar. Su cabello partido a un lado y aplastado con una gomina, le daba un aspecto de intelectual. Una imagen inmaculada como la de él trasmitía un buen feeling.  
Como una estudiante más de los tantos presentes en el lugar ella pidió su merienda, garantizando así otras tres horas de atención en clases. Pero no había pasado desapercibida ante la vista de aquel halcón que cazaba como un búho, que capturaba a su presa en silencio, y bajo una frialdad inigualable.
Tenía una manera de caminar llamativa, esto resaltaba su delicadeza en conjunto con las curvas que hacían centrar la mirada de cualquier hombre. Algunos hacían una rotación del cuello más allá de lo adecuado para la salud de un mortal. La protuberancia de su trasero, pechos, y el cabello, adornaban el rostro un tanto inocente de la muchacha. Con estas virtudes, se desató el demonio que dormitaba en él.
-   Ponle un bocadito de jamón y un refresco.
No, no gracias de veras. No es necesario.
Esa es una decisión tomada, y si me la rechazas lo voy a tomar como una descortesía.
Bueno está bien, pero sólo por no hacerle el feo.
Trato ¿cómo te llamas?
Los lentes ayudaban a disimular la expresión.
-   Eloísa
Yo soy Jaime ¿vienes con frecuencia aquí?
Si cuando salgo de clases y el almuerzo está muy malo, para variar.
Ya sintiendo algo de confianza le regaló una sonrisa.
-   Yo no vengo mucho aquí, pero que lindos dientes tienes en un rostro acompañado de tanta perfección.
Otra sonrisa se palpó en la chica, denotando que había surgido efecto el piropo, un tanto a la antigua. La plática fue transcurriendo en un ambiente reposado, y con ello se dio inicio a la historia entre Eloísa Suárez y Jaime.