Ahora mi virilidad tiene un traje ceñido
al cuerpo. El sexo de ella también. Viene
vestido de color carmÃn. El mismo rojo que exhibe una vez en cada
perÃodo mensual.
Al fin decidimos conocernos. Sus labios arropan mis carnes. Los más recatados, sensibles, internos. Mi sexo se deja llevar, y entra nervioso al misterio, a la cima del deseo imposible de suspender.
Ya habÃa sucedido en mi mente, aunque no precisamente asÃ. Admito que vi distinto el encuentro soñado. Pero no debe ser nada malo si pintamos un poco los instantes del placer.
Al fin decidimos conocernos. Sus labios arropan mis carnes. Los más recatados, sensibles, internos. Mi sexo se deja llevar, y entra nervioso al misterio, a la cima del deseo imposible de suspender.
Ya habÃa sucedido en mi mente, aunque no precisamente asÃ. Admito que vi distinto el encuentro soñado. Pero no debe ser nada malo si pintamos un poco los instantes del placer.
Sube la intensidad, y a pesar que vamos en
cueros la ropa se le corre. Se desliza entre sus muslos y ella no puede
aguantar. Me mira, detiene los movimientos, sonrÃe –ahora sà con los labios de
su boca-, y luego baja el rostro. Yo contengo el instinto y no pienso en la
palabra «baja». Esa me trae malos recuerdos y prefiero olvidar. Mejor me enfoco en su vestido y el perfume
que desprende. Es un aroma singular. Especial para espacios como este donde se
juntan los sexos, envueltos precisamente asÃ, de la forma en que empecé.
Ahora dice que tiene pena, y yo, con las
ganas bien en alto le suspendo la mirada. Le susurro al oÃdo que no se preocupe.
Mientras le muevo mi cabeza al compás de la cintura. En eso el viaje vuelve a ser
intenso, vestidos, con la piel desnuda. Y sigue corriéndosele el
vestido. El mismo que tiñe sus curvas, los vellos y el látex de mi ropa.
Después, por locura o un guiño del
capricho, también quedan coloreados el contorno y los dientes de mi boca.

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