Ayer, después de eso y sin querer, quedé
tendido sobre la cama. Estaba desnudo
cuando ella entró. Sentí en su imagen la confusión. Ella me miró expectante, con
los ojos abiertos, diferente. Casi no se movió, excepto una mano que apretaba lo
que traía, y sus cejas suspendidas, y la pequeña sonrisa que disimulaba la
comisura de sus labios. De repente, en un giro incontenible quiso tocarme.
Dijo que eso –señalando entre mis piernas- parecía un gusanito. Yo no la dejé. No podía hacerlo por su condición y lo que significaba para mí. Aunque la ingenua insistía. Entonces se lanzó a la cama y su risa estalló en carcajadas. Un jolgorio de inquietudes, fantasías y nervios. Creo que era así porque su manito temblaba mientras intentó acariciarme el pecho, como en una escena de pasión. Ahí le reclamé por lo que hacía. Ella contestó que lo había visto en una película de niños. Eso y mucho más.
Dijo que eso –señalando entre mis piernas- parecía un gusanito. Yo no la dejé. No podía hacerlo por su condición y lo que significaba para mí. Aunque la ingenua insistía. Entonces se lanzó a la cama y su risa estalló en carcajadas. Un jolgorio de inquietudes, fantasías y nervios. Creo que era así porque su manito temblaba mientras intentó acariciarme el pecho, como en una escena de pasión. Ahí le reclamé por lo que hacía. Ella contestó que lo había visto en una película de niños. Eso y mucho más.
Entonces el sorprendido fui yo. Y me
intrigó el cambio de sus gestos, y el parpadeo intencionado de sus ojos, y el
beso que me lanzó. Fue en eso que aquella idea malsana invadió mi cabeza. Un
deseo reprochado que hasta ahora no he podido olvidar. No obstante, ayer nada
pasó luego de aquello. Lo impidió el grito de su madre que la buscaba con
premura. Mi novia la encontró ya de pie, con su muñeca en el pecho y una
sonrisa en la boca. Una distinta a la que me enseñó cuando estuvimos solos los
dos.

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