- ¡Ay papi que rico!
- ¡Ah! ¡Ah!
- Que rico papi…
- ¡Ahí mami!
-Ay, Ay…
 ¡que rico!                                           
- Menéate mami.
- Papi, ¡ay!
  Papi no te vengas adentro. Ay…

- ¡No! Un poquito nada más.
- Qué
- ¡Ah!
- Papi no.
- ¡Ah! ¡Ah!
- Daniel, no.
- Muévete chica.
- Daniel…
- ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!
- ¡Daniel…!    
- ¡Aaaaah!
- ¡Cojone! Te dije que no te vinieras adentro –Leila casi saltó de la cama. Ya de pie, miró entre sus piernas y fue hacia el baño. Daniel estaba tendido. Quedó boca abajo, sofocado y sudoroso. Pensaba.
- Chica, te dije que no mencionaras mi nombre. Alguien allá fuera nos puede oír y tú sabes que eso no me conviene.
Ella regresó al cuarto. Iba con cara de desquite.
- ¡Claro…! Para el doctor es muy fácil venir, singarme como le da la gana y después irse –dijo tirándose encima de Daniel, que antes se había volteado sobre su espalda.
Pues, mira «chico» no. ¡No me da la gana!
Mientras estés aquí, –decía con una risa ladina entre los labios- tú eres mío completo… oíste –le susurró, mordisqueándole los labios.
-   Ya, que tengo que irme –dijo sin ofrecer demasiada resistencia. Ella seguía-.
Leila ya –la mujer le acarició el pecho. Leila que me voy –ella le tocaba el pene. Leila… –luego, comenzó a manosearlo. ¡Leila ya…! que tú cuando empiezas no tienes para cuando acabar –dijo y la sacó encima de él. Después, se levantó.
A un costado de la cama, en el piso, permanecía tirado el pantalón. Cercanas, un par de zapatillas. Se puso el primero y se calzó las segundas para ir en busca de su camisa.
-   No te vayas. Todavía es temprano –sugirió con nostalgia la mujer.
-   No puedo llegar tarde a la casa. Yésica puede sospechar.
-   Otro ratico papi.
-   No puedo –concluyó Daniel, mientras doblaba la bata de médico.
De repente, una EXPLOSIÓN. Y la gente que empezó a gritar en el pasillo, y voces, y el ventilador del cuarto que se paraba, y el calor, y el apagón. Había explotado el transformador de la esquina. Uno que conectaba a todo el edificio. Una antigua y poblada cuartería en pleno centro de la Habana.
-   ¡Esos son los americanos! ¡Nos quieren joder! ¡Los americanos! –Gritó la anciana de enfrente, sentada en su silla de ruedas.
-   Ahora si está bueno esto –dijo un vecino desde su portal-.
-   Daniel, no te puedes ir así –le aconsejó la mujer-.
-   No. Tendré que esperar un rato –contestó y soltó la mochila sobre la mesa-.
En eso ella lo abrazó y él se dejó por un instante. Luego, la apartó para sentarse. Movía una pierna constantemente. Afuera aún seguía el bullicio. Adentro, en el mismo y único cuarto que componía la casa, Las cuatro paredes con grietas y el techo apuntalado que formaban aquel cuartucho, balbuceaba de manera insistente el abuelo de Leila. Susurraba nombres de muertos. No recordaba a los vivos. Ni siquiera a la nieta que lo cuidaba.
-   Tito quédese tranquilo. No pasa nada.
Sí, es un apagón. Pero ya voy a prender el quinqué.
No se preocupe.
La mujer fue hasta donde tenía la lámpara y volvió con ella encendida. Su luz era pobre. Una humeante y tenue luz entre tanta oscuridad. Iba despacio. Con una mano rodeaba la llama para protegerla del aire que entraba por la ventana. Llegó, puso el quinqué sobre la mesa y casi al instante unos insectos lo empezaron a merodear. Daniel, que se tocaba la frente y tenía los ojos cerrados, los abrió. En la calle persistía la habladuría. Aunque ya no se escuchaba el tartamudeo del abuelo. Tan sólo su olor. Un olor rancio en el colchón. Una peste reciente en su pijama, o en el ambiente. No podía definirse bien.
-   Hasta cuándo vamos a seguir con esto Daniel.
-   ¿Con qué…? –dijo e hizo un gesto antes de seguir.
   No me vengas otra vez con tus ataques.
-   Es que no puedo más.
Tito cada día peor. Nuestra relación que no mejora. ¡Y mi vida…!
-   Leila, tú sabías como era esto. Así que no vuelvas otra vez con lo mismo.
-   Siento que no avanzo Daniel… ¡no avanzo!
Te amo, y quiero estar en paz contigo... pero tú no.
-   Leila, ¡por favor! Esto lo hemos hablado varias veces.
No podemos mezclar las cosas… ¡ok!
-   ¿Y si estoy embarazada?
-   Cómo vas a estar en estado mujer, si nada más que fue un poquito.
-   ¡Suficiente Daniel! ¿o tú no lo sabes?
-   Leila, ¡por favor! No seas dramática.
-   ¡Vez! ¡Vez! Es que tú no cambias «chico».
¡Siempre es igual! No te interesan mis problemas, ni mi carrera, ni nada.
-   No es eso mujer.
-   ¡Ah no…!
Mira este cuarto Daniel… ¡Mira!
-   Mejor me voy –Daniel cogió la mochila y se levantó.
-   ¡Claro! Eso es lo único que sabe hacer el doctor… ¡huir!
Él la miró fijamente; permanecía callado. Tan sólo arrugó la cara, contuvo el impulso, pero no hablaba. Simplemente se dirigió a la salida.
-   ¡Daniel! ¡Daniel! Discúlpame –dijo ella mientras lo perseguía.
Hablé sin pensar. No me hagas caso.
Por favor, discúlpame –Él se detuvo en la puerta, de espalda. No le respondía. Sólo ensanchó los pulmones y expulsó un poco de aire. Luego se fue. Leila vio como se alejaba y cerró con fuerza la puerta. La impotencia la carcomía, y las mejillas se le humedecieron. En la mesa la luz del quinqué languidecía. El abuelo se había quedado dormido. Aunque todavía estaba mojado. El barrio ya entraba en calma, y la gente parecía adaptarse. O quizá resignarse al calor, la noche y la oscuridad. El apagón duraría un rato más.
Así corrieron los días y con ellos un mes. En el baño de Leila, dentro de un vaso de cristal, sobre una repisa de madera, un test de embarazo mostraba dos rayas rosadas. Ella alisaba su cabello frente al espejo. Se estiraba el pelo e intentaba hacerlo también con sus enredadas ideas. Pensamientos que iban y venían para no dejarla en paz. No había visto a Daniel otra vez, y lo extrañaba. Quería contarle la buena nueva. Pero no sabía que tan buena pudiera ser para él. Ya casi no sabía nada. Ahora pensaba en el bebé, en cómo cuidar a Tito y salir adelante. No había conseguido trabajo y necesitaba el dinero. La comida era cara y escaseaba en la casa. Solamente huevo y arroz.
Mientras, en la sala de Daniel, este conversaba con su padre.
-   Papá tengo algo que contarte –dijo una tarde recién llegado del hospital.
En el fondo de la habitación, encima de un mueble entre dos butacones, se oía un radio que su padre había sintonizado minutos antes.
-   ¿Qué pasa mijo? –refirió este un tanto sorprendido.
-   No te asustes viejo. No es nada malo –aclaró Daniel-.
-   ¡Radio Reloj…! 5 y 31 minutos. A continuación nuestros titulares.
-   Bueno, entonces dime –afirmó el padre.
-   Se gradúan nuevos galenos en varias universidades del país.
-   Primero dime tú… ¿cómo va esa vida de cuentapropista? –Agregó Daniel.
-   Dan a conocer nuevas regulaciones para el trabajo por cuenta propia.
-   Ahí vamos mijo, cogiendo el paso.
No es fácil cambiar de profesión de un día para otro –el padre hace un silencio momentáneo. Menos, después de cuarenta años entregados a la psiquiatría –encogió los hombros e hizo un gesto con la boca. Pero qué le vamos a hacer.
-   Cuba se reafirma como uno de los países con mayores índices de seguridad social.
Se prevé un crecimiento de la economía cubana para el próximo año.
¡Radio Reloj…! 5 y 32 minutos.
Ampliamos los titulares…
-   Entonces «mijo», que es lo que ibas a decirme –agregó el padre, dirigiéndose a apagar el radio.
-   Viejo… me propusieron una misión en Brasil –Daniel dio la noticia y bajó un segundo la cabeza.
-   ¿Y aceptaste?
-   Viejo tú sabes que una cosa así no se deja pasar.
-   Bueno, si es por tu bien.
Pero Leila… ¿ya le contaste?
Daniel tardó un instante y luego se repuso.
-   No… prefiero que no lo sepa. Será mejor para los dos.
-   ¿Estás seguro «mijo»?
-   Sí viejo –afirmo un tanto dudoso-. Hubo un silencio momentáneo antes que el padre volviera a preguntar.
-   ¿Y Yésica?
-   Ella sí. La llamé desde el trabajo para contarle –habló con cierto desgano-. Se puso contenta, tú sabes.
Dice que así podré ayudarla con la peluquería.
El padre notó su ánimo y se le aproximó.
-   No te preocupes «mijo»… –aprovechó para abrazarlo.
Yo me encargo de todo.
Tú vete tranquilo.
-   Gracias viejo –dijo Daniel asomando una sonrisa entre los labios.
Así podré comprarte el cartel lumínico para el puesto de churros –dijo con un tono de humor.
-   Más te vale –contestó el padre dándole unos golpecillos en el pecho, en tanto se separaban.
Eso ocurrió aquella tarde, y a las pocas semanas, Daniel viajaba hacia Manaos en la clase económica de una aerolínea nacional. Durante ese tiempo no vio de nuevo a Leila. Ella lo seguía extrañando, pero no se atrevió a llamarlo. Tampoco conocía los últimos acontecimientos. Ni él del embarazo.


Pasaron los meses y un bebé vigoroso se convirtió en el centro de ella. El niño y Tito. Solos los tres en un cuarto de edificio. Un inmueble declarado en estática milagrosa. Cansada estaba Leila de sacudir, limpiar el piso, comer huevo con arroz. Pensaba dejar la universidad para seguir buscando trabajo. Casi se había convencido que eso debía hacer. Sobrevivir. Necesitaba alimentar al pequeño y comprarle culeros a su abuelo. Necesitaba paz.