Maikel aprieta los puños, mira la cama, tiene ojos
de huracán. Un ciclón que estruja las sábanas con su viento. Un viento
invisible que revuelve pensamientos. Después se muerde los labios, mueve la
boca, cambia la mirada para regresarla a un lugar. Al mismo sitio donde estuvo
unos minutos atrás.
Ahora se toca la nariz, levanta una ceja, articula un no con la cabeza, coge un vaso con agua y toma un poco. Mientras, mira al techo. Busca algo en el cielo. El agua tiembla y el cristal se mancha. Él hurga entre los palos del techo, pero no encuentra nada, y deja el vaso en una mesa.
Ahora se toca la nariz, levanta una ceja, articula un no con la cabeza, coge un vaso con agua y toma un poco. Mientras, mira al techo. Busca algo en el cielo. El agua tiembla y el cristal se mancha. Él hurga entre los palos del techo, pero no encuentra nada, y deja el vaso en una mesa.
La noche, la cama y sus sábanas, y otro olor, y el
recuerdo, y una lágrima que no acaba de salir. Maikel ciñe el semblante, pone
las manos en forma de rezo e implora calma… ¡no aguanta! Anhela la presencia
que lo acompañó. Se contradice. Quiere retroceder las horas. Vuelve a
refutarse. Repasa el momento en que estuvo extasiado. Dice que no. Revive el
instante en que los dos estuvieron juntos y se revolcaron por sus entrañas.
Esencias delirantes revueltas en esa cama.
A Maikel se le para… se le para la conciencia porque
se descubre titubeando. No entiende por qué aún piensa asÃ. Y por un segundo no
le importa. Prefiere hundir la cabeza entre los pelos de otro pecho, y
aspirarlos como si fuera cocaÃna. Le gusta la virilidad que siente en su
espalda baja. Bien adentro la siente, como estas ideas enamoradas que penetran
en su imaginación. Un segundo fue lo justo para transportarse al ayer y
postergar el odio, y sentir en sus costillas como otras piernas lo golpeaban
con cariño, y con la intención que no parara, que siguiera hasta convertir el
deseo en un fluido hermoso, cobijado en su boca. Y ver su cara, su expresión
drogada, ida de toda razón. Pensaba en la esquina de la cama. El rincón donde ponÃa
su cuerpo en cuatro puntos para abrirle la puerta a la felicidad. Un sueño que
desapareció de repente, como casi siempre sucede.
TodavÃa está sentado ahÃ, en
la misma esquina. Está solo y no lo soporta. ¡No aguanta! Mueve la cabeza, hace
un chasquido de dientes, se roza la calvicie. El reloj colgado en la pared
marca las dos y dieciseises de la madrugada. Su péndulo destroza al silencio,
la desesperación también.
Maikel sigue desnudo y embarrado,
no atina a limpiarse, o no quiere, o no puede. Vuelve a coger el vaso, toma un
sorbo. El agua tiembla menos, el cristal se mancha más. Una mancha roja,
similar al charco de la cama.

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