Josué
se ajustó el cinto y dijo que después de eso todo sería mejor. Piedad lo
escuchaba con el rostro pálido y la mirada gacha. Pero el hombre sólo reparó en
sus palabras. La niña había empezado a jugar. Y cuando él le preguntó por
qué no hablaba, ella respondió estoy jugando, y siguió como si en
verdad estuviera deseosa del juego.
Por eso, un instante antes cuando él entró con un amigo y preguntó ¿lo
recuerdas?, Piedad dijo no, pero miró la muñeca negra sobre la cama. Fue el
regalo de su madre cuando cumplió los seis y aún continuaba ahí, en el mismo
lugar donde hace un tiempo las tres estuvieron juntas por última vez. Llévame
donde está mamá, susurró al juguete. Era la muñeca negra junto a
la niña que ahora recordaba su primera noche de miedos. El día en que Josué
ganó la custodia de ella pese a las sospechas. El momento cuando lloró por la
muerte de su madre. Suceso donde apareció un extranjero, y una señora vestida
de blanco que fumaba tabaco y sacudía yerbas por el cuerpo de la difunta.
Pesadilla que Piedad recordaba desde una casa gris como un pasaje confuso, como
un castigo de culpas, como un cuarto sin luz. Pero sobre todo como otro motivo
de dudas hacia ese ser que ella llamaba papá porque así le pidió su madre. -Cuida a mi hija, había dicho la moribunda, cuídala por favor. Fueron sus
palabras antes de cerrar los ojos frente a Josué, que sin embargo respiró
profundo, sin lágrimas-. Y después todo fue más fácil, pese a los esfuerzos y a
la vergüenza de Piedad. Una vergüenza que reprochaba a su silencio.
Por eso todo
ha seguido igual, o peor. Por eso ahora estaba ahí el padrastro parado al lado
de otro hombre que ella sí conocía. El extranjero que “ayudó a la familia” en
los momentos de dolor: -buenas noches princesa, le dijo aquel viejo
despreciable, vengo para llevarte conmigo-, nada más. Luego, Josué se ajustó el
cinto y dijo que después de eso todo sería mejor.

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