“No hay nada tan pequeño
que no pueda explotar violentamente.”
Lando estaba en su sillón. Eran las tres y doce y el silencio le gritaba a la tarde. La increpó para no dejarla cabecear con vagas esperanzas. Le chillaba para despertarla con dureza. Mientras, el aire violentó a la ventana. No le importaron las tablillas entre juntas. Entró para mover las aspas de una lámpara vieja, como si esta anduviera de verdad.
El anciano los sintió a los dos. Al aire y al silencio, en aquel cuarto a medio construir. Y sin apenas moverse observaba al equipo angolano en el mismo lugar. Suspendida en el techo, sobre un eje mustio. Al principio, las aspas giraban sin parar. Luego cambiaron de sentido. Después, se detuvieron. Su sombra se proyectaba en el piso, entre el polvo y la frialdad del cemento pulido. Cercana a la chancleta de Lando, y su pie, y las uñas largas y enfermas. El hombre miraba la bombilla cuando cerró los ojos. Y otra vez apareció aquella noche, el estruendo… y un destello de luz. Entonces, de súbito los abrió. Cogió las ruedas entre sus manos y giró de un lado a otro. En una esquina seguía la cama desarreglada. Al frente la meseta estaba sucia. Y en el cordel… en la soga continuaba tendida una camisa gastada con los galones de teniente. En eso, las aspas se movieron un instante. Solas. Y Lando… postrado, las miró irónicamente con el rostro caído.
El anciano los sintió a los dos. Al aire y al silencio, en aquel cuarto a medio construir. Y sin apenas moverse observaba al equipo angolano en el mismo lugar. Suspendida en el techo, sobre un eje mustio. Al principio, las aspas giraban sin parar. Luego cambiaron de sentido. Después, se detuvieron. Su sombra se proyectaba en el piso, entre el polvo y la frialdad del cemento pulido. Cercana a la chancleta de Lando, y su pie, y las uñas largas y enfermas. El hombre miraba la bombilla cuando cerró los ojos. Y otra vez apareció aquella noche, el estruendo… y un destello de luz. Entonces, de súbito los abrió. Cogió las ruedas entre sus manos y giró de un lado a otro. En una esquina seguía la cama desarreglada. Al frente la meseta estaba sucia. Y en el cordel… en la soga continuaba tendida una camisa gastada con los galones de teniente. En eso, las aspas se movieron un instante. Solas. Y Lando… postrado, las miró irónicamente con el rostro caído.

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