Ella era segura y natural. Representaba mi parte contraria, el opuesto, mi «otro yo». La adoraba. Tal vez, fue por su pelo o la forma de su ropa. Qué se yo. Pero al final se complicaron las cosas. Quien pensaría algo así. Si al principio todo era tan sencillo. Ni siquiera un espiritista hubiera imaginado lo que sucedió después. La gente creía que yo era un improvisado. Menos Lili. Ella fue distinta. Iba más a las esencias, principalmente, con sus preguntas.

Las personas no conocían mi historia. Me veían como una pérdida de tiempo. Un fracasado del presente víctima de los sueños pasados. Lili no. Ella entendió mis motivos. Comprendió que yo era feliz porque hacía lo que me gustaba desde la niñez.
Por aquellos años yo tenía varios demos y algunas pistas terminadas. Era el cantante de un proyecto urbano. Una especie de grupo, más bien, un solitario que mezclaba el rap sin pelos, con el hip-hop, y hasta con el rock. Toda una locura nueva si lo quieres ver así. Para mí una necesidad de vida. Al igual que para Lili y la esencia de: «Malditos». Ese fue el nombre de nuestra alianza. El proyecto al que nos dedicamos con el alma, a pesar de tanto.
Cuando la conocí aquella tarde de diciembre, en casa de una amiga común, descubrí que era la voz que necesitaba para redondear mi ariete de intenciones. Entonces, entre tragos de aguardiente y canciones de: «Aldeanos», le mostré algunas ideas. Y Lili, sin esperar demasiado, aceptó. Sentí que ella había encontrado lo que andaba buscando. Lo vi en sus ojos saltones y la expresión de su rostro incontrolable de diecisiete años. Al inicio nadie me conocía fuera del barrio y algunas zonas del pueblo. Sólo había trabajado para públicos pequeños, en discotecas y peñas de aficionados, aunque no paraba. No podía dejar de cantar. Y cuando no lo hacía estaba escribiendo, o pensando en algunos versos que no me dejaban tranquilo.
Luego puede salir a otra provincia. Holguín fue un reto inmenso en una época que nunca olvidaré por lo que significó para mí. Durante varias noches, entre tragos y mujeres, canté por dos horas seguidas. A veces me reunía con amigos que intentaban sobreponerse a los problemas y seguir con sus proyectos, como yo. Fueron varios los que empezaron, y unos pocos los que aún continuamos aquí. Estaba en una de las ciudades con más ambiente del país. Pero no escapaba por ello de la rutina y la escasez de lugares donde la gente pudiera divertirse. Yo tenía veinticinco, y esa fue una aventura emocionante. Quizá, por ser una de las primeras como profesional. O al menos yo pensaba que lo era por la firma en un papel. La calle, adolescentes gritando, la furia y las ganas… ¡muchas ganas!, viví en aquel lugar. Ya en esa gira, si así puedo llamarla, Lili me acompañó. Aunque tan sólo para calentar motores. Éramos dos de los tantos locos que se lanzaron al vacío de la música por esos días. Intentábamos volar independientes, respirar, y andar. Lo otro era caer al barranco de la desilusión.
Después, por alguna razón un tipo de Miami llegó a Santiago buscando «talentos rebeldes». Así lo nombraba él, y ahora entiendo por qué. En una tarima improvisada con cuatro mesas y una silla como escalera, el hombre escuchó nuestra rima. Al parecer lo que hicimos le gustó y ahí empezó todo.
Recuerdo que allí fue la primera vez que Lili soltó esas notas que me hicieron abrir los ojos. Ella agarró el micrófono con una fuerza insospechada para su edad. Las venas de su garganta se ensanchaban. Las trenzas se le movían como péndulos acelerados que agitaban al tiempo. Simplemente no podía retrasarme, ni quedar atrás. Por eso me emocioné, y algunas ráfagas sentidas se me escaparon por una grieta del instinto: «A mí no me señales, ni con la punta del deo. Yo soy así. No te quedes con esa cara de susto. Yo soy así. Mírate, y piensa antes de hablarme. Yo soy así… y así seré.»