Aquella
noticia fue inesperada. Apareció en un mensaje de texto en el teléfono del
nieto. El mismo celular donde la semana anterior el muchacho habÃa grabado una
escena. El suceso que también tuvo a su abuela como protagonista. Resultó que
la anciana sujetaba el picaporte de la puerta, en tanto hablaba: – ¡Dale…! Entra
–dijo mirando al frente. Sus palabras no tuvieron respuesta y eso la inquietó.
El
mensaje que Pucho recibió fue corto, con frases abreviadas y algunos códigos, pero
concluyente. Él quedó atónito al ver lo que decÃa. Antes fue igual. Cuando
estuvo boquiabierto mientras filmaba aquel acontecimiento que después publicó en
internet, y que trascenderÃa entre cientos de «me gusta» para darle sus
segundos de fama.
La
mujer quedó un instante en silencio, –vamos, chica, entra –refirió en la
entrada del cuarto, con un tono más suave y pausado. Pero quien estaba frente a
ella no atinaba a pasar. Simplemente se movÃa confundida, observando a su
oyente, atenta.
Pucho
metió el celular en un bolsillo de su pantalón azul. Llevaba el semblante consumido.
En tanto salÃa de la escuela rumbo a la casa.
–Dale…
¡entra! –Risas repentinas quedaban recogidas en la filmación.
–Entra vieja, entra… ¡Ay caramba! –Comenzaba a
escucharse una música de fondo. La abuela miró a donde estaba el nieto antes de
voltearse otra vez hacia la puerta: -¡entra! Que cosa más grande
–murmuró.
De repente, puesta como para redondear el momento, se oyó la canción de un
conocido dúo musical: «Mira quien menea la
batea en un archivo digital… Ojeo. Aunque sienta pena ajena no se deja de
mirar. Conocidos encendidos. Resultado no calculado, no que va… Ojeo. Presos
quedan los olvidos, eternizados.»
-Dale mujer… ¡entra!
Cuando
Pucho entró, en la habitación habÃa algunas personas. Unas cuantas tan sólo, reflejadas
en el espejo que cubrÃa por dentro a la puerta del cuarto. El muchacho soltó el
picaporte al pasar y su abuela seguÃa ahÃ… acostada de espaldas al colchón, tapada hasta la altura del pecho, inmóvil. Él corrió hacia la cama, le dio un
abrazo desesperado y la besó. Ella ya no estarÃa allÃ, incómoda frente a su
reflejo en la puerta, nunca más.
Más
tarde, y sólo cuando fue presa de la resignación, el joven sacó su teléfono
para perpetuar el momento, y para encontrar consuelo. Un alivio virtual.
A los pocos minutos unas caritas redondas y amarillas, muchas
con forma de llanto, otras de risa, aparecÃan debajo de la foto que él,
destrozado, subió a su perfil personal en las redes sociales.

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