Los números teñidos de rojo se disparan.

Los números aumentan

y poco lo contiene

en la diseminación de este siglo

lanzado a la muerte.

En la incertidumbre circundante

de pensamientos que se infectan,

porque nadie detiene a las sombras

cuando marchan a su paso, detrás

de la persistencia, y la luz contenida allí:

en el aliento de una esperanza temblorosa

por el augurio del mañana

-aún por nacer-

de esa luna menguante que se asoma todavía

en la retina de tus ojos,

o en las pupilas de los míos

para ver desde el aislamiento

la libertad de las gaviotas.

Aquella vez del comienzo nada fue casual.

Los rostros ahora muestran

la marca de la prenda impuesta,

tragándose los deseos, como a su respiración.

Y también, por qué no decirlo:

las caras van cansadas del encierro.

Van necesitadas de una tabla más fuerte

para salvarse del naufragio.

En otras palabras: ¡no hay cabida al error!