Cada mañana, después de levantarme y entrar al
baño, llega el turno del cuarto. El fastidio comienza cuando estoy frente al
espejo, con el peine entre las manos.
Lo hago todos los dÃas, como mami o papá. Parece
que a ellos le gusta, pero a mà no. Abro los ojos, y apenas entro, él se
muestra frente a mÃ. Veo a mi reflejo con sus rizos parados. A veces bostezando
todavÃa, o con ganas de volver a la cama.
Desde pequeña ha sido asÃ.
Mudando los dientes.
Con la pañoleta azul.
Luego con la roja.
De secundaria.
Con mi hermano también.
Odio despertarme para repetir siempre lo mismo,
como si fuera un robot.
Antes de la pandemia me despertaba una alarma.
Ahora es la voz de mamá quien se encarga de alterarme: Luz levántate para que
estudies.
Luz que se te hace tarde y después quieres jugar.
¡Luzymar!
Asà cada mañana, antes del baño, o de vérmelas otra
vez con mi reflejo. Solita con él. Odio tener que hacer lo que otros quieran, y
ser una niña buena, aunque me sienta mal.
¡Con eso me siento mal!
Me parezco a la oveja del abuelo con tanta
obediencia, y yo no soy asÃ.
¡No, no, no!
A mà me gustan los dÃas en que puedo remolonear con
el Tablet, jugando Among Us. Me fascinan los cuentos de fantasÃas y los sueños
con princesas. A mà me encantan los helados, y volar como las hadas en otro
mundo.
Detesto las alarmas y los gritos de mamá.
No soporto a mi reflejo con estos rizos parados.
Estos pelos feos que me entristecen.
¡No me gustan!
¡No los quiero!
Mis rizos son como este virus.
Pues… ¡abajo los rizos!
Y nadie debe enojarse si decido pelarme bajito. Al final, son mis propios rizos.

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