Nadie nace
odiando a otra persona por
el color de su
piel, o su origen, o su religión.
La gente tiene
que aprender a odiar, y si ellos pueden aprender a odiar,
también se les
puede enseñar a amar,
el amor llega
más naturalmente al corazón humano
que su
contrario.
NELSON MANDELA
La esencia no
está en el yunque o en el martillo, sino en la forja de un paÃs de todos, con
todos, y para el bien de todos. Un «todo» que abrace sÃ, a sus hijos buenos, y
a la vez enseñe a los malos hijos, a esos que esgrimen odio en sus pupilas, la
justeza de nuestra nación. La nuestra. Como la madre que besa en la frente por
amor, y corrige estrictamente lo mal hecho, por amor. ¡Amor! Ese es el único
idioma que nos hará comprender esta causa común: salvar a la Patria, que es la
madre, sin dudas, de un pueblo entero. Un cuerpo despojado del alma que incita
a luchar por el porvenir, es como un rÃo sin agua: donde antes hubo un cause
impetuoso y transparente, ahora tan sólo queda un vacÃo enorme. Jamás será lo
mismo.
El paÃs que
pierde a sus hijos es como un cuerpo sin alma. Por eso, la raÃz que motiva a
seguir peleando no es la de la nada, es la de la vida, la de la unión, la de
existir como una sola Cuba protegida por su prole entera, ante la embestida de
un mundo cada vez más inseguro. Salvar nuestra madre es el principio supremo.
Trasciende las fronteras del rencor, las contradicciones, los miedos que
debilitan con su estrechez el más alto valor de ser cubanos: la dignidad. No
pensemos sólo en los que estamos hoy, en cualquier rincón del planeta.
Construyamos los puentes entre el norte y el sur, entre el este y el oeste para
que Cuba viva feliz de sus hijos, y nuestros hijos se sientan orgullosos de su
Patria. Es la única forma de sobrepasar tantos odios y carencias.
La inteligencia
radica en entender que el tiempo pasa, las energÃas se transforman, y queda
mucho por hacer. Sobre todo, para los pinos nuevos. Nuestras ramas deben
expandirse en un mismo campo, con raÃces bien profundas, para que el bosque
crezca. Debemos comprender, en definitiva, que se tala demasiado y se siembra
poco. La salvación del monte está en plantar las semillas para que nazcan los
árboles que sostendrán la floresta. ¡Crear! Esa es la palabra que debe
transformar en realidad la utopÃa de una Cuba próspera, donde quepamos todos
para abrigarnos de tanto frÃo y tanta oscuridad.
Me resisto a
morir estando vivo. Pensar que existir es una tragedia, si al final mañana,
como cualquier cubano aquà o allá, con poderes o sin ellos, seré unos cuantos
huesos en el fondo de esta tierra. No quiero adelantarme tanto. Prefiero
enrumbar el camino hacia un sentido de pasión. Hacerme consciente de que la
felicidad verdadera está precisamente ahÃ: en la consciencia de tener un sueño,
revivirlo constantemente, y hacer cuanto esté a mi alcance por volverlo
realidad. Y no como una caricatura de lo soñado, sino como la imagen más exacta
de mi ideal.
La huella se
deja cuando se obra con ese amor impetuoso que no claudica. Un cráter
indescriptible sale en el pecho de una madre cuando un hijo se le va, cuando ya
no está, cuando ya no sabe si volverá a besarlo. Rellenemos ese abismo, por
nuestra madre, para que su pecho sanado retome la dicha de cantar, y su rostro
resplandeciente exclame que la vida es bella. No debemos esperar que la llama
agotada se extinga y la niebla espesa nos consuma. Debemos lograr, con diálogos
sinceros y hechos objetivos, que la flama se eleve para iluminar la noche. No
importa que los fuegos sean distintos, que crucen rayas viejas si expande el
horizonte, importa que den luz, que no se pierdan en las sombras, que muestren
la forma audaz de dar pasos certeros, que su calor nos proteja para dormir en
paz, que su fuego irreverente se convierta en otros fuegos, o más que el yunque
y el martillo, se fragüe con su ardor la suerte de un pueblo viril.
¡La Madre
Patria necesita de todos sus hijos!
¡Hagamos que viva por siempre!
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