Dije buenos
dÃas,
nadie me
respondió.
La boquilla y
el mate
entre sus
labios rotos.
No levantó la
mirada.
Quedó sobre las
machas
de un colchón
callejero.
Sus ojos rojos,
hundidos
vagando aquel
agosto gris.
Todo siguió en
silencio.
Ni una palabra,
ni un suspiro,
ni un lamento
siquiera.
Nada.

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