La crianza de mis abuelos sembró en mí el amor que sobrepasa los embates del odio, la manipulación, la intolerancia. Nací en un pueblo pequeño que ha luchado demasiado por su inmensa libertad. Pero aún falta por hacer.

Nuestro pasado desde cualquier dimensión familiar, y el presente con sus grandes desafíos, nos siguen llamando a cambiar el mañana. Fue lo que siempre vi en ellos. Incluso con menos educación y posibilidades. Decían que nadie lo haría por nosotros.

Comprendí ya grande que es así. Debemos hacerlo juntos, sin prejuicios ni fanatismos, por nuestra gente, por los abuelos. No importa donde estemos, si contribuimos al crecimiento y la unión familiar. Y si alguna fuerza quisiera privarnos de tal derecho, hay que pelear por él. Yo no soy europeo, africano o norteamericano. En cualquier lugar del mundo seré el nieto de Asiris y Mané. Un hijo de su pueblo. Condición que se agiganta cada día mientras vivo en otro lugar. Los lazos familiares te hacen sentirte más de allí. Es natural, a pesar de todo. Por eso hay mucha gente que cree lo mismo, y quisieran volver con los suyos. La sangre pesa lo suficiente para prevalecer.

Al final se trata de la tierra. La misma tierra donde descansan mis abuelos. Su nombre en sí mismo revela un significado extraordinario. Cuba es Tierra Alta.