Parto de una frase querida para dejar bien claro por qué soy lo que pienso: “niños que tras el hambre se irán con calma”. Buena Fe con su himno “Valientes”. No podría esperarse otra cosa del grupo que te chuta amor en sangre para vivir.

Y es que ayer, hoy o mañana seguirán partiendo desgarrados o en calma muchas criaturas. Almas sanas que apenas empiezan a existir se despiden. Quizás, luego de una sonrisita de ilusiones. Tal vez, con sus labios resecos por la sed. ¡La esperanza del mundo se nos va! ¿Qué queda entonces si penamos por su ausencia? Con la conciencia pisoteada tras callar, por darle la espalda a lo que pasa a nuestro alcance. Llamarse humanos, pero no hacer nada. Al menos algo. La culpa es de quienes trafican con esta histórica situación, y se llenan de cosas a expensas de tanta maldad. Pero, los que se cubren los ojos para no ver esas lágrimas de ingenuidad, los que se tapan los oídos para no escuchar los gritos desesperados que nacen de un corazón infantil, también son cómplices. Culpables colaterales por inacción. Juzgados en primera instancia por el tribunal de su mente, aunque intenten demostrar lo contrario.

Si ahora me estás leyendo, eres un sobreviviente. Tuviste la dicha de crecer y llegar hasta aquí. Hay miles de pequeños infelices que todos los días sucumben, al margen de ese derecho elemental. Privados de lo más preciado por el egoísmo de unos cuantos elegidos. Por estar en el momento y el lugar equivocado. Me pregunto si en verdad creemos que en algún momento nuestra gente, la familia, los hijos, o nosotros mismos, no pudiéramos encarnar el mismo papel en esta película de soledades y horror. ¿Esperaremos a que los directores de la cinta toquen a la puerta de nuestros niños, intentando imponerle el mismo protagónico, para reaccionar con valor y solidaridad? Yo tengo clara mi respuesta, si deseo seguir viendo a los míos felices. Casi siempre, tu propia sangre te da la fuerza para que el miedo no frene más. Lo entregas todo en la carga que emprendes contra quien pretenda hacer que un hijo sufra, sangre, o muera. Estás dispuesto a entregar placeres, fortunas, y hasta la vida por él. No vacilas si un peligro letal, como ave de rapiña, le ronda su cuerpecito diminuto, o su espíritu inmenso. Es muy dichoso tu niño si tiene unos padres así. Que están dispuestos a quedarse desnudos, pobres, mutilados. ¡Hacer cuanto sea por su bien! Otros muchos no tienen tal bendición.

Para entender la verdadera esencia del ser humano, esta es una manera muy convincente: sentirla en la carne propia.   

Datos ofrecidos por Unicef:

7000 recién nacidos mueren todos los días por falta de agua potable, y enfermedades prevenibles y curables. Se estima que 30 millones morirán por la misma causa entre 2017 y 2030 (2,14 millones por año).

Cada cinco segundos muere en el mundo un niño menor de 15 años por desnutrición y deshidratación. (12 por minuto/720 por hora/ 17.280 por día/ 6.307.200 por año). Manteniendo estas cifras, en seis años, que fue el período aproximado que duró la Segunda Guerra Mundial, estarían muriendo casi la misma cantidad de niños solamente (37.843.200) que el total de fallecidos en la horrenda contienda bélica (unos 40 millones de personas).

Si procura más información puede acceder a la siguiente dirección del Sitio web de la Unicef, donde están publicados diversos informes sobre la violencia y las muertes de niños y adolescentes en todo el mundo por distintos conflictos:

https://www.unicef.org/es/buscar?force=0&query=ni%C3%B1os+muertos+en+guerras+recientes&created%5Bmin%5D=&created%5Bmax%5D=