"El mundo no será destruido por aquellos que hacen el mal,

sino por aquellos que los miran sin hacer nada".

Albert Einstein

 

La divergencia demográfica, la globalización tecnológica y su poder para la nueva plutocracia provoca la propagación de graves peligros por el mundo. Uno de los más preocupantes es la falta de actitud colectiva o, dicho de otra forma: la apatía social. 
En nuestra sociedad se manifiesta el rechazo, una indiferencia latente hacia la política en la vida cotidiana. Este desapego se fundamenta en diferentes causas que socavan la confiabilidad de las instituciones. Entre las principales están la acrecentada pobreza e inequidad, las políticas restrictivas, el distanciamiento entre la realidad ciudadana y las disposiciones gubernamentales, planes y desempeños ineficientes, así como la falta de formación de quienes ocupan cargos decisorios. Existe una larga lista de motivos que empujan al retiro del ámbito político. Un fenómeno demasiado riesgoso para la libertad y justicia popular.
Cuando las personas rechazan las cuestiones políticas, aparecen los políticos despreocupados del bienestar social. En el proceso, la indiferencia hacia los asuntos de la vida pública sale a la luz, sumiendo al tejido social en una actitud de sometimiento y conformismo. Esta postura anestésica, ajena a toda convivencia democrática, encuentra su reflejo en los episodios que suceden en diversas partes del planeta. Basta con preguntar en Google, Chat GPT o cualquier otra herramienta de Inteligencia Artificial (IA): ¿Cuáles son los derechos humanos que más se violan?
Los resultados son impactantes. Desde noticias diarias revelando los millones de personas con hambre y enfermedades curables, que mueren a la vista de muchos por falta de alimentos y salud, hasta migraciones y guerras que privan la vida de incontables personas cada año; sobre todo, en países empobrecidos. Es alarmante la explotación e inseguridad en que vivimos. Sin embargo, en vez de unirnos para manifestarnos, exigir y ejecutar cambios positivos, continuamos sumidos en nuestras novísimas formas de esclavitud moderna, y las vías sutiles de enajenación total -aquí es donde la tecnología juega un papel colosal-. Entonces se erige la apatía como un muro de indiferencias en no pocos casos. O como muestra visible sobre el miedo y la impotencia en otros. Así impiden que la ciudadanía pueda involucrarse en los asuntos del pensar, con ética y conciencia, para su propia supervivencia. La veracidad de la información a cualquier nivel sigue perdiendo relevancia. En su lugar emergen y se consolidan distintos espacios para atomizar la concentración, y coaccionar la inteligencia humana. Están desapareciendo los valores culturales, y se ensucian las percepciones de la realidad objetiva.
La apatía social es el resultado de un proceso que tiene como base la psicología de masas. El interés elitista por este estado de inercia se complementa con la sobrecarga pseudo-informativa que soportamos a diario. Una avalancha continua de información, ya sea política, consumista o de violencias, proyectadas por los medios de comunicación, las redes sociales y las IA generativas, estas dos últimas con un papel predominante, es asimilado y al mismo tiempo desechado por el cerebro humano. La mente se predispone a acoger la próxima noticia, reciclando a su predecesora, sin provocar reacciones prácticas o activas en el individuo. La tendencia es al consumo pasivo de información o su simple repetición, sin una acción consciente que sirva para cuestionar y cambiar lo que se crea incorrecto. En ocasiones la confusión es tal, que sería difícil separar lo bueno de lo malo. Este escenario, donde el ser humano se debate entre dos fuerzas opuestas, sirve también para anular su capacidad de respuesta, y por tanto termina recluyéndose en la desidia, o más recientemente en su mundo virtual. ¡Aislado!
El sometimiento a la corriente de información y sus mensajes de opresión genera un anclaje idóneo para la apatía. El cansancio por las carencias y la rutina cotidiana relega la crítica y mutila la acción. Paralelamente, las clases políticas, conscientes de que así la decadencia social les favorece, perpetúan el estatus quo, y se empeñan en la hegemonía de su influencia sobre la mente individual y colectiva. La apatía se convierte en una aliada confiable para quienes mandan. Su cómplice silenciosa. Un arma precisa de poder blando, en tanto la sociedad permanece en un letargo autodestructivo. 
Precisamente ese es uno de los grandes desafíos que hoy enfrentamos quienes necesitamos de una sociedad más comprometida con su propia supervivencia. Males aberrantes como la corrupción, el hambre, la pobreza extrema, torturas, violencias y asesinatos se han cimentado en la cotidianidad, conviviendo entre la gente como algo casi normal.
La ciudadanía organizada es la única capaz de lograr las transformaciones políticas, económicas y sociales necesarias. Urge un cambio de rumbo. Es en este punto, en la encrucijada del qué hacer y cómo conseguirlo, donde no debemos permitir que otros, desde sus esferas de influencia, sigan decidiendo sobre nuestras vidas. La apatía que tanto daño hace, debe desterrarse por la información y la educación consciente, en función de participar en las decisiones que nos afectan. De lo contrario, de continuar inermes ante la decadencia consumista, el presente y futuro cercano continuarán siendo funestos. La indiferencia debe ceder espacio al compromiso, y el letargo temeroso a la acción. La hora de cambiar es ahora. El tiempo no perdona, y la apatía tampoco. En nuestras mentes y cuerpos está la responsabilidad de forjar un porvenir mejor.