Primero la indiferencia

con que se palpa al presente.

Del púlpito me indigna

la ignorancia en su verbo,

la soberbia del acto,

la impotencia que potencia.

Me indigna que se haya vuelto

no la economía de mercado

sino la sociedad del mercado,

donde el humano ha quedado

como mera mercancía.

Me indigna la corrupción fatal

que pone a una vida en venta

y otra dispuesta a comprarla.

Me indigna el alarde fatuo

y la voz que lo admira,

aún sabiendo que ella

está en la mira también.

La entrega sin pensamiento libre

me indigna al nivel más alto.

El andar dogmatizado

como un robot obediente.

Sin pensamiento valiente

no existe redención.