Siembro la palabra en tierra virgen
y la idea florece como un bosque sin leñador.
Cada rito es el verso hecho pulso que late.

Es un eco viviente entre sombras moribundas.
Lo hago con las manos vacías y el pecho lleno
de voces que tumban la calma,
de silencios que apolillan la razón.

Pero entre las grietas debe haber más danza,
la música que despierta, la pintura que sana,
el arte que rescata lo visible al corazón.
Eso que va por el éter como una luz indetenible.
Eso que lo convierte todo en lo que siempre fuimos.