Marcos, un escritor mediocre con más de cinco años ofrendados a la literaria, permanece sentado frente a su laptop. La luz en la sala tiene un brillo distinto. El ambiente de aquella casa es bastante gris. Él no piensa en su carrera. Tampoco en la novela que le viene acribillando la conciencia. Sigue concentrado en Steve Bannon. Quiere encarnar en ese personaje la simbiosis perfecta entre el capitalismo duro y la paranoia más delirante.

Bannon vuelve al primer plano como una bestia disfrazada de mecías. Va empoderado ese diestro profeta que se mueve con escandalosa impunidad. El escritor no está seguro de qué hacer con su personaje. Tampoco le importa. Lo que sí le interesa es el significado que pueda contener: la red que se extiende entre los pasillos del poder hasta los rincones de esta esclavitud. Un sistema con vida propia, que muta y se fortalece. Es también invisible y muy efectivo. Bannon aprendió a jugar con el miedo y la necesidad. Lo hace como un guitarrista que mientras toca su melodía el público explota de dependencia. Marcos siente que su personaje se levanta. De repente, un mensaje telefónico interrumpe sus pensamientos. Es Efraín. Un colega con quien habla seguido. - Marcos, se armó la de San Quintín. Mira la Atlas Network. Es la madre de las conspiraciones. Te lo prometo, esto va a volar por los aires. ¿Te apuntas a escribir algo serio? Yo ya metí la pata y empecé a seguir el hilo-.

Marcos oyó hablar antes de aquello. Sabe que, en resumida cuenta, se trata de una cúpula de think tanks, fundaciones y corporaciones donde el dinero rueda con los señores de traje largo. Sin embargo, no entiende el nivel de locura de su personaje. Bannon anda en los zapatos de Trump, Milei y Bolsonaro juntos. Es parte de esa red que se enquista entre los pueblos. Todo se conecta inexplicablemente para él. A veces no distingue si forma parte de su ficción, o si es la propia realidad quien lo absorbe. Ante tandas preguntas se lanza a encontrar respuestas. Antes se ríe de sí mismo. ¿Cómo entenderá ese mundo? ¿Acaso él, que ni siquiera logra hacer de su personaje alguien coherente, entenderá esa telaraña que parece engullir al mundo entero…?

Paso a paso, el escritor estudia más de Atlas Network. Descubre cómo la Fundación Heritage le redacta a Trump las políticas en un lenguaje tan tecnocrático que ni él mismo entiende. Entiende como varias ONG, empresas petroleras, gigantes farmacéuticos como Pfizer y ExxonMobil, todos, según los informes analizados, son socios en una empresa común. La cosa pinta bastante seria. Al rato, vuelve a sonar el teléfono. Es nuevamente Efraín, que hace gala de su insistencia. La conversación empieza trivial, pero después va tomando un giro extraño.

—¿Te das cuenta, Marcos? —dijo Efraín—. Esto no es una lucha ideológica. Se trata de dinero, ¡de poder! No hay dudas. Ellos quieren mantener el sistema tal como está. ¿Qué es Trump, sino un actor más, el títere que mejor maneja el show? Los Koch, el petróleo, las Big Tech, el capital... todos se están apoderando de todo, y nosotros como pescado en nevera.

Marcos mira absorto a algún lado, como si estuviera pensando en algo, o en alguien.

—Todo es mentira —resopló—. Esto es una película de mal gusto. Estos tipos están forrados de dinero y juegan con nosotros como animales de corral.

Entonces, Efraín soltó una sonrisa cínica.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo con tono bajo—. Ellos ni siquiera se esconden. El equipo de Bannon sí sabe cómo tocar la música para que parezca moderna y contagiosa. Hay que ser un genio para confundir tanto a la gente. Hacerle creer que este desastre es por su propia culpa, ¿entiendes? Y ellos, plácidamente, siempre invisibles. Eso es precisamente lo que tiene a muchas personas sin sentido: que no saben cual es el enemigo –hubo un pequeño silencio-. O peor, lo saben, pero se resignan a luchar contra él.

Marcos no responde. Una sensación de impotencia lo abruma. Sabe que aquella situación no tiene una solución sencilla. Le pasa similar con su personaje. No llega a poner en los hombros de Bannon la responsabilidad que llevan sus actos. Luego, se despide del amigo y se desploma en el sillón. Llega a la conclusión que se ha vuelto parte del espectáculo. No pudo evitar reírse de su propia farsa. Él es así. La risa es uno de sus recursos más usados para escapar. La risa y su literatura son los que terminan salvándolo del salvajismo en el que vive.

Los intentos por comprender la magnitud Atlas Network son una serie de notas desordenadas, un artículo iniciado y algunos pensamientos desesperados. Está claro que nadie da una respuesta precisa. La llamada derecha, esa marea de odio, paranoia y mercado, no necesita soluciones, porque precisamente del caos y los miedos es que viene su plus. No hay nada que entender. O si lo entiendes elige quedarte callado, seguir trabajando sin descanso, para que sobrevivas. Preocúpate por ti y los tuyos. No vengas intentando hacerte el justiciero que terminarás solo, perdido y sin nada. Los tiempos de utopía se fueron a bolina. Ese es el resumen de Marcos en pocos minutos. Precisamente, esos pensamientos lo impulsan a escribir la parte cuando Steve Bannon sale de prisión sin cumplir sentencia, y casualmente lo primero que hace es reírse. Aunque esta es diferente. Él suelta una carcajada engreída y confiada antes de dirigirse al lujoso auto donde lo esperan.

La verdad es simple: todo cambia para que nada parezca distinto, inusual o salten las alarmas. Todo sigue el curso de los acontecimientos pactados. Poco importa cuántos relatos de denuncia se escriban, o cuántas teorías de genocidio se revelan, o cuantas bocas siguen sin comer, o cuantos niños mueren ahora mismo. Lo que queda es esa ridícula imagen de Steve Bannon libre cuando debería estar preso, mientras mucha gente sigue presa, a veces en su propia cabeza, cuando debería estar libre.

¡Qué terrible final para una obra inconclusa!