Puerto Príncipe respiraba como un animal herido. Las calles, otrora vibrantes de tambores y risas, sudaban ahora un tufo agrio a orina y carne en descomposición. En los barrios controlados por las Brigadas Fantasmas —grupos sin nombre ni bandera, solo cicatrices y siglas pintadas con sangre— los niños aprendían a distinguir entre el estallido de un neumático y el de una bala. Jean-Claude, Ti Diab, tenía ocho años cuando le pusieron un fusil AK-47 en las manos. El arma pesaba más que su torso escuálido, pero el líder de la brigada, un hombre al que llamaban Zanmi Lwen («Amigo lejano»), le dijo que sostenerla lo haría parecer más alto. Su primera misión fue ejecutar a un policía que patrullaba cerca de la Chancerelle, una escuela donde Jean solía coger mangos antes de que la convirtieran en cuartel. El hombre, de bigote canoso como el de su padre, suplicó en créole: «Mwen gen pitit tou» («Yo también tengo hijos»). Jean cerró los ojos y apretó el gatillo. La sangre le salpicó la cara, tibia y dulzona. Zanmi Lwen le dio un caramelo de tamarindo y le susurró: «Ou se yon gason kounye a» («Ahora eres un hombre»). Por las noches, Jean se lamía los dedos buscando un rastro de azúcar, pero solo encontraba sal: eran sus lágrimas, secas bajo el calor de los escombros donde dormía.
En el refugio de Unicef, Roseline Dumas contaba las grietas del techo con la obsesión de quien teme olvidar su propio nombre. Dieciséis años, pero sus caderas estaban dislocadas, y caminaba como si arrastrara un fantasma aferrado a los tobillos. La habían secuestrado mientras compraba pan en Marché de Fer. En el almacén de La Saline, donde la llevaron, había otras veinte niñas encadenadas a tuberías oxidadas. Los hombres les daban agua cada dos días, mezclada con poudre zombi —una droga que nublaba la mente y convertía el dolor en un rumor distante—. Roseline recordaba vagamente a una chica de doce años que murió desangrada tras ser violada por cinco hombres. La arrastraron por el suelo como un saco de yuca, dejando un rastro oscuro que Jean-Pierre, el guardia, limpió con cloro mientras silbaba «Ayiti Cherie». Cuando Roseline fue liberada —su familia, demasiado pobre para pagar rescate, había suplicado a un pastor vudú—, se encontró orinando sangre. En el refugio, las trabajadoras sociales le enseñaron a usar una bolsa de agua caliente para los espasmos. Pero nada calmaba el frío en su pecho, ese vacío que crecía cada vez que oía reír a un hombre.
Marie-France Noël tenía doce años cuando la casaron con Gede Nwa, jefe de la brigada de Carrefour-Feuilles. La ceremonia fue en la plaza Saint-Pierre, bajo un dosel hecho con sábanas sacadas de un hospital. Le pusieron un vestido blanco manchado de fango y le trenzaron el pelo con cintas rojas —«el color de la suerte», dijeron—. Gede Nwa, un gigante con dientes de oro y cicatrices de machete en el cuello, recitó versículos del Éxodo mientras sus hombres disparaban al aire. Luego la llevó a una habitación pintada con murales de santos católicos. Allí, le arrancó las cintas del pelo y la ató a una cama cuyos resortes le desgarraron la espalda. «Ou pral sonje mwen chak fwa w wè wouj» («Me recordarás cada vez que veas rojo»), le dijo. Marie sobrevivió porque, tres semanas después, un francotirador de una brigada rival atravesó el cráneo de Gede Nwa mientras este orinaba en una lata de sopa. Ella huyó descalza, con el vestido pegado a las heridas supurantes, hasta que una anciana que vendía velas en la calle la escondió en un ataúd vacío. En el refugio, le extirparon tejido muerto de las ingles y le dieron un cuaderno para dibujar. Marie pintó soles negros y mujeres sin bocas.
Claudette Ménard, quince años, presenció la violación de su hermana menor, Sophie, en el patio de su casa en Cité Soleil. Fue durante un racketeering: los hombres irrumpieron exigiendo dinero que su madre, una vendedora de frituras, no tenía. Uno de ellos, con una cicatriz que le partía el labio en dos, señaló a Sophie. «Sa a ka peye» («Esta puede pagar»). Claudette forcejeó, pero otro hombre la inmovilizó con un brazo alrededor de su cuello. Vio cómo le bajaban los pantalones a Sophie, de nueve años, cómo le apretaban la boca con una mano sucia de grasa de motor. Oyó el gemido de su hermana, un sonido tan agudo que le perforó los tímpanos. Después, cuando los hombres se fueron, Sophie sangró por tres días. Murió en un colchón sin sábanas, murmurando el nombre de su muñeca perdida. Claudette se unió a los U-Reporters y usó el teléfono que cogió de un cadáver para mapear fosas comunes. Cada vez que enviaba coordenadas, imaginaba las balas que llovían sobre Puerto Príncipe como semillas que algún día se convertirían en árboles.
En la prisión de Croix-des-Bouquets, Jean-Claude compartía celda con un exsenador acusado de corrupción y un violador que susurraba oraciones en español. Las noches eran un infierno de ratas y masturbaciones colectivas. Un día, una enfermera belga le entregó lápices de colores. Jean dibujó a su madre, Floréal, cocinando sopa de calabaza en la olla de aluminio que vendieron para comprar su ataúd —había muerto de vergüenza, dicen, tras verlo en un video de la brigada—. Detrás de ella, pintó un AK-47 florecido como un árbol de mango. «Sa se lanmò» («Esto es la muerte»), dijo la enfermera. Jean corrigió: «Non, se Bondye» («No, es Dios»).
Étienne Laurent, el vocero francés de Unicef, coleccionaba pesadillas. En Ginebra, donde los donantes debatían fondos como si negociaran el precio del café, presentó fotos de las infecciones de transmisión sexual en niñas de cinco años. Le respondieron con estadísticas de «coste-beneficio». Esa noche, en el Hotel Karibe, soñó con Roseline. La vio en un túnel de espejos, cada reflejo mostrando una versión mutilada de ella misma: sin ojos, sin lengua, con el vientre hinchado de cicatrices. Al despertar, vomitó en el lavabo de mármol.
Claudette murió un martes, alcanzada por una bala perdida mientras enviaba mensajes desde una azotea. Su último informe decía: «Entrepôt Delmas 32. Trois anges en cage», «Almacén Delmas 32. Tres ángeles en una jaula». Nadie fue a buscarlas. Roseline, ahora en un programa de reinserción, aprendió a tejer pulseras con hilos azules. Las vendía a turistas en Pétion-Ville, diciendo que el color representaba el mar que nunca había visto. Jean-Claude, condenado a quince años, pasaba las tardes raspando su inicial en la pared de la celda. Un guardia le preguntó qué esperaba encontrar bajo el cemento. «Yon pon» («Un puente»), respondió.
Al este de la ciudad, donde las brigadas no llegaban, un niño de seis años jugaba a enterrar muñecas de trapo en la tierra. Las cubría con flores de plástico y cantaba: «Dodo, ti moun, dodo» («Duérmete, niño, duérmete»). Nadie le enseñó la canción. La sabía desde antes de nacer.