Lo recordaba. Todavía lo recordaba. Había
olvidado otras cosas de una vida que se iba haciendo aterradoramente vacía, y
sabía que ciertas desmemorias funcionan como una estrategia de supervivencia:
se imponía soltar lastre para mantenerse a flote y no encallarse en los
rencores, los conteos de ilusiones truncas, la evocación urticante de
promesas alguna vez creídas y varias veces incumplidas. Hasta un tipo como
él, un empecinado soñador, casi un memorioso capaz de retenerlo todo, debía
permitirle a su conciencia practicar ciertos barridos, limpiezas anímicas y
psicológicamente higiénicas, para tratar de impedir que la carga de
remembranzas lo enterrase en el fango de las frustraciones.
Sobre todo, para no pensar que otra vida habría sido posible, y, la vivida, un
error, matizado con culpas propias e imposiciones ajenas.
Pero aquella concurrencia específica, casi una revelación mística, por supuesto que la recordaba, esa tenía que recordarla. Incluso la podía reproducir con un colorido y una precisión en los detalles, aderezada en ocasiones con gotas de ira o salpicaduras de nostalgia, que a veces él llegaba a sospechar que, en realidad, la escena no había tenido la densidad de matices con que ahora la volvía a reconstruir. ¿En realidad era así como había ocurrido, con esos argumentos y protagonistas?... No obstante, de lo que estaba totalmente convencido era de que la esencia de aquel encuentro se había preservado impermeable a los previsibles desgastes, refugiado en el rincón más hermético de su memoria.
La pregunta, por ejemplo. Esa sí la recordaba. Flotaba en el aire del portal con una humedad moral: "¿Y por qué volviste?". La voz de Roberto desde Miami, carcomida por aquella mezcla de sorpresa y resignación que siempre sonaba a juicio disfrazado de preocupación. Él, entonces, había apretado el viejo cuaderno contra el pecho, como si contuviera un órgano vital o los fragmentos de un juramento. No respondió. Algunas convicciones son raíces demasiado hondas para desenterrarlas con una frase. Ahora, años después, aún sentía el arañazo del bolígrafo sobre el papel aquella noche, bajo la luz agonizante de una lámpara luchando contra los apagones. Volví, había escrito con tinta azul desleída, porque mis raíces no tienen pasaporte.
¿Lo escribió así exactamente? La memoria visual le devolvía la imagen de su abuela lavando ropas ajenas en el arroyo hasta que sus manos eran mapas de grietas. La fuerza callada de esa mujer que plantaba mariposas en latas viejas, que reía con poco y quería demasiado. ¿Era ella la brújula? ¿O acaso había inventado esa metáfora después, para darle dignidad narrativa al desarraigo? Lo cierto —lo que resistía el escrutinio de los años— era la sensación de un cimiento indestructible dentro de sí. Un punto cardinal fijo en el caos. ¿Cómo abandonar aquella memoria viva? Hubiera sido un desangrarse el alma.
Afuera, en el recuerdo reconstruido, un estruendo metálico: una olla cayendo. Luego el grito de un vecino, "¡Otra vez se fue la luz!" Él sonreía en la oscuridad. Mi familia —la de sangre y la del alma— sigue aquí. ¿Los veía realmente o eran arquetipos que su mente creó? La cola interminable bajo el sol. Su madre inventando ganas para desandar los días. El tío, resucitando equipos con remiendos. Construían, insistía su memoria, la Cuba que anhelaban. ¿O solo sobrevivían? Una Cuba imperfecta, sí, pero profundamente viva. Eso lo recordaba: la sensación de pertenecer a un esfuerzo colectivo, de apostar por lo que aún no existía, pero merecía ser creado. ¿Utopía? Para él no era lujo de ilusos, sino oxígeno y sentido. La pertenencia como forma de militancia. La sonrisa compartida al encontrar un tomate decente. Visitar al amigo de la infancia. La música que estallaba en un portal apenas amaneciendo ¿O solo eran destellos efímeros magnificados por la nostalgia?
Su mano, en el recuerdo, se detenía sobre el
papel. Tocaba la pulsera de madera que Camilo le regaló. Mi identidad,
había escrito. Este amor que
no cabe en ningún molde, también es de esta tierra. Ahí
la memoria era diáfana: la lucha por existir sin esconderse. Amar bajo la misma
luna que iluminó a Martí. ¿O era esa asociación demasiado grandilocuente,
añadida después? Desde
aquí lucho. Desde aquí amo. Eso sí: su trinchera
era esa.
Una ráfaga de brisa entraba por la
ventana. Me toca
vigilar, anotó entonces, citando o quizá inventando una conexión
con Martí. Que este país
sea con todos y para el bien de todos. ¿Consigna o deber
grabado a fuego? Recordaba la fe —sí, llamémosle fe—, casi mística, en la
dignidad humana. La semilla de lo mejor que aún podía germinar. Soy patriota,
había confesado la tinta. No con estridencias ni ambiciones locas, sino con la terquedad de limpiar
la acera, enseñar al niño, cuidar a un anciano. Quien cree y no renuncia. ¿Renunció
él, al final? No. Eso es lo único incontestable.
El golpe en la puerta. Camilo empapado. La
sombra en sus ojos. "Se
va mi hermano. El viaje... es mañana". Un mensaje en la pantalla: promesas perdidas y su tristeza. Él lo abrazaba,
sintiendo el temblor, el olor a vacío. "Que se marchen quienes no quieren una
Cuba más justa...", había escrito antes. Pero ver la
desesperación en Camilo, ¿no le quemó el alma acaso? Lo sostenía fuerte
mientras la lluvia acribillaba el techo como lágrimas del cielo. Si alguna vez hace falta que alguien se vaya,
no quiero ser yo. ¿Mantra o profecía autocumplida?
Camilo se apartaba, mirándolo: "¿Y tú? ¿Por qué regresaste? ¿No ves...
que se hunde?". Él tomaba el cuaderno. No necesitaba
releerlo. Le mostraba una página. No razones. Un dibujo tosco: una brújula
antigua. La aguja desorientada, pero anclada con furia al centro. Y alrededor,
como un marco: "Cuba no
se olvida. Aunque no estés aquí. Al contrario; afuera su añoranza es más radical."
"Al menos en mí, Camilo", decía su voz, un hilo tenso en la penumbra. "Porque todo me devuelve al mismo lugar. Porque mi lucha es aquí. Porque no sé amar de lejos. Porque esto es lo que soy." ¿Fueron exactamente esas palabras? Quizá no. Pero sí el abrazo que siguió. Dos cuerpos aferrándose a una convicción aquella noche de apagones y resurrección.
Pero aquella concurrencia específica, casi una revelación mística, por supuesto que la recordaba, esa tenía que recordarla. Incluso la podía reproducir con un colorido y una precisión en los detalles, aderezada en ocasiones con gotas de ira o salpicaduras de nostalgia, que a veces él llegaba a sospechar que, en realidad, la escena no había tenido la densidad de matices con que ahora la volvía a reconstruir. ¿En realidad era así como había ocurrido, con esos argumentos y protagonistas?... No obstante, de lo que estaba totalmente convencido era de que la esencia de aquel encuentro se había preservado impermeable a los previsibles desgastes, refugiado en el rincón más hermético de su memoria.
La pregunta, por ejemplo. Esa sí la recordaba. Flotaba en el aire del portal con una humedad moral: "¿Y por qué volviste?". La voz de Roberto desde Miami, carcomida por aquella mezcla de sorpresa y resignación que siempre sonaba a juicio disfrazado de preocupación. Él, entonces, había apretado el viejo cuaderno contra el pecho, como si contuviera un órgano vital o los fragmentos de un juramento. No respondió. Algunas convicciones son raíces demasiado hondas para desenterrarlas con una frase. Ahora, años después, aún sentía el arañazo del bolígrafo sobre el papel aquella noche, bajo la luz agonizante de una lámpara luchando contra los apagones. Volví, había escrito con tinta azul desleída, porque mis raíces no tienen pasaporte.
¿Lo escribió así exactamente? La memoria visual le devolvía la imagen de su abuela lavando ropas ajenas en el arroyo hasta que sus manos eran mapas de grietas. La fuerza callada de esa mujer que plantaba mariposas en latas viejas, que reía con poco y quería demasiado. ¿Era ella la brújula? ¿O acaso había inventado esa metáfora después, para darle dignidad narrativa al desarraigo? Lo cierto —lo que resistía el escrutinio de los años— era la sensación de un cimiento indestructible dentro de sí. Un punto cardinal fijo en el caos. ¿Cómo abandonar aquella memoria viva? Hubiera sido un desangrarse el alma.
Afuera, en el recuerdo reconstruido, un estruendo metálico: una olla cayendo. Luego el grito de un vecino, "¡Otra vez se fue la luz!" Él sonreía en la oscuridad. Mi familia —la de sangre y la del alma— sigue aquí. ¿Los veía realmente o eran arquetipos que su mente creó? La cola interminable bajo el sol. Su madre inventando ganas para desandar los días. El tío, resucitando equipos con remiendos. Construían, insistía su memoria, la Cuba que anhelaban. ¿O solo sobrevivían? Una Cuba imperfecta, sí, pero profundamente viva. Eso lo recordaba: la sensación de pertenecer a un esfuerzo colectivo, de apostar por lo que aún no existía, pero merecía ser creado. ¿Utopía? Para él no era lujo de ilusos, sino oxígeno y sentido. La pertenencia como forma de militancia. La sonrisa compartida al encontrar un tomate decente. Visitar al amigo de la infancia. La música que estallaba en un portal apenas amaneciendo ¿O solo eran destellos efímeros magnificados por la nostalgia?
"Al menos en mí, Camilo", decía su voz, un hilo tenso en la penumbra. "Porque todo me devuelve al mismo lugar. Porque mi lucha es aquí. Porque no sé amar de lejos. Porque esto es lo que soy." ¿Fueron exactamente esas palabras? Quizá no. Pero sí el abrazo que siguió. Dos cuerpos aferrándose a una convicción aquella noche de apagones y resurrección.

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