No del azar, es del mar su cuna. De una paciencia de coral y sal. Gota a gota, contra el azote del huracán. De un grito antiguo, preso de la espuma que choca y rompe en el malecón. De un suspiro hondo, en la noche que lanza la piedra hacia el sol.
Pero es la tierra el corazón. Tierra que sueña con ser montaña, que memoriza el fuego de sus venas, que sangra esperando la crispadura.
Tierra que sabe en su clemencia, pulgada a pulgada, no el vacío, sino la raíz que afianza el vuelo. Se elevará.