Esa
mañana una mezcla indefinida de nerviosismo y alegrÃa se imponÃa sobre mÃ. Diez
dÃas antes habÃa recibido la noticia a través de una sorpresiva llamada
telefónica. Una mujer afectiva y con acento uruguayo me confirmó lo que hacÃa
mucho arrullaba mi interior. Luego de una exhaustiva selección habÃa
sido convocado para pasar el Curso Nacional de Técnicas Narrativas en el
renombrado Centro Onelio Jorge Cardoso. Desde esa bendita tarde hasta el dÃa
en que nos volvimos a encontrar ya fÃsicamente, no pensé en otra cosa más
importante. Desde ese preciso instante inquietudes ansiosas comenzaron a
deambularme los pasillos del inconsciente, festejando la victoria inicial de lo
que serÃa seguramente una travesÃa colosal. Un camino inexplorado que me
incitaba a dar los pasos iniciales de una forma más profesional. El preludio de
un sueño que dejaba escapar pequeños rayos de realidad.
EmpÃricamente
desde los siete años habÃa comenzado a escribir. Fue un instinto que apareció
de repente, con ganas propias y sin ser invitado. Como una especie de espÃritu
que se apodera del cuerpo y toma las riendas del destino para no soltarlo jamás
si la complicidad y el entendimiento mutuo es sincero e insustituible. Con el
tiempo tuve pérdidas materiales y espirituales, de amigos y familiares. Pero la
literatura, las ganas incontrolables de narrar y transmitir emociones, pasajes
y sentidos de vida, han sido rasgos constantes en mà divagar por la existencia.
Por eso la noticia primero y posteriormente la bienvenida en el primer
encuentro con escritores ya consagrados y otros como yo, que aspirábamos serlo,
fue una retribución al deseo de escribir pensando que un dÃa la
oportunidad podrÃa tocar a mi puerta. Sentà que esos fueron sus primeros golpes
y me volqué por entero a recibirla.
Tres
golpecitos sobre el micrófono también dio Eduardo Heras León esa mañana cuando
comenzó el encuentro. Lo hizo para probar si sus palabras podrÃan ser
amplificadas en aquel escenario rebosado de talento e imaginación potencial. Pero
no; solo se escuchó el zumbido tranquilo de su voz mientras se arreglaba los
espejuelos y preparaba la intervención.
- No
Eduardo… No contamos con audio.
Fue
la aclaración que antepuso Ivonne a su compañero de vida y aventuras
literarias. El amor a las letras enraizó en ellos sentimientos de otra Ãndole
que bien merecen una novela rosa con matices negros. Como casi toda buena
historia de un humano común.
Entonces
el chino Heras, como es conocido entre sus amigos y alumnos. Metódico y
cadencioso como acostumbra; apartó el micrófono y comenzó a hacer lo que más le
apasiona. Nos recibió contando a pecho limpio adónde habÃamos llegado y como
unos pocos soñadores, el cual el aglutina, habÃan logrado mantener a flote
durante veinte años el barco insigne del magisterio literario cubano actual. Su
narración excelsa y sencilla nos hizo un recuento ejemplificado de que cuando
se quiere, se puede. No importan las dificultades si existe el deseo…
- Eso
es lo sustancial; querer y empeñar las fuerzas en hacer.
Y durante quince minutos estuvo
contándonos de sus empeños, creencias y necedades por dotar a cada vez más
jóvenes y otros no tanto, de las herramientas narrativas necesarias para
desarrollar el talento. El también Premio Nacional de Literatura insistió en
que antes nuestro paÃs cultivaba esencialmente la poesÃa. Mientras que en los
últimos años, el mapa de la narrativa ha aumentado exponencialmente. Surgieron
nuevos cuentos, fascinantes novelas que resaltan escritores noveles, algunos ya
laureados nacional e internacionalmente. Una buena parte formados en el centro
Onelio Jorge Cardoso.
- Una
dicha ver cómo va creciendo la competencia.
Refirió el maestro casi al terminar, de
manera jocosa. Yo aprovechaba para perpetuar en una fotografÃa ese instante. Y
a través del lente pude ver un brillo diferente en sus ojos. En esa imagen que
no pretendo borrar, creo haber captado también al hombre paciente y seguro. Al
ser ilusionado con plasmar sobre el papel en blanco, lo bueno y también lo malo,
las alegrÃas y las penas, los segundos felices y las horas de dolor.
- La
vida es eso… ¡¿Verdad?!
- Y un
buen narrador debe contarlo todo de la forma más humana posible.
Fue una de las primeras lecciones que
recibÃa en mi incipiente etapa de estudiante. Sabios mensajes que el maestro
quiso deferirnos para subrayar entre lÃneas que al final todo se resume a ser consecuentes con nuestras ideas. Junto a ellas o coronamos, o rodamos al
despeñadero del olvido.
Eduardo terminó agrupando las hojas
dispersas por la mesa y miró a Ivonne haciendo silencio. Ella, conociendo de
memoria la secuencia que seguÃa el evento y la manera de actuar de su esposo,
invitó entonces a otros dos profesores principales del centro a leer el listado
de los cursantes que habÃan sido aprobados tanto en la Habana, como en las
restantes provincias. Unos treinta cinco en total, entre las más de cien
propuestas fueron los compañeros que pude escuchar. Cada uno iba poniéndose de
pie mientras oÃa su nombre. Recuerdo que al tocarme a mà las piernas me temblaban
y el corazón latÃa desbocado. La misma mezcla indefinida de nervios y alegrÃa
recurrÃa en otro acto flagrante de presencia. Estereotipaba a un tipo contento,
pero en el fondo estaba lleno de incertidumbres. Como un niño que recién comenzaba
a descubrir el nuevo mundo que le rodeaba. Tal vez no tanto por el que dirÃan
de mi obra; sino por si podrÃa estar a la altura de tan prestigiosa empresa
creativa.
Asà los profesores recorrieron el
listado de los elegidos y más tarde le tocó hablar a uno de los
egresados. Un muchacho joven, de unos veintiséis años y que ya se vendÃa
escritor. No recuerdo su nombre. Pero mientras dialogaba de sus vivencias, yo
lo envidiaba en sigilo. Calladamente pensaba en el instante alejado en que
pudiera quizás ocupar su lugar y sentirme pleno como un escritor instruido y
retribuido por mis relatos. Él hablaba y un tono pÃcaro salpicaba con humor las
experiencias que el auditorio escuchaba sonriente. Contó cómo la casualidad propició que entrara a la casa de Ivonne y Heras León como operario de
fumigación y saliera convencido de ser escritor. Por eso se presentó a
la convocatoria del curso. Gracias a esa tarde agradecÃa haber llegado hasta
allÃ. Ahora lo esperaba el futuro irreverente. El porvenir sin figura, receptor de
la estampa que seamos capaces de moldearle. El mismo futuro enfilado a
partir de ese momento en vivenciarme la etapa que aquel joven eufóricamente nos
compartió.
TodavÃa resonando las risas por las
ocurrencias del bisoño narrador, llegó el espacio para las premiaciones de la beca “Caballo de Coral” y el concurso “Cesar Galeano”. Dos eventos convocados anualmente por el centro
para los estudiantes del curso recién concluÃdo. En ellos cada uno tiene la
oportunidad de demostrar lo aprehendido y también de empezarse a conocer en el
gremio intelectual. Además de la insuficiente pero necesaria ayuda monetaria
que para los ganadores representa. Rostros expectantes entre los graduados de
cara a los resultados. Añoranzas indescriptibles embargando mi quietud y la
intención de alguna vez llegar a ese podio de sacrificios y enajenación. Porque ser escritor y vivir
libre es algo asà como lanzarse al misterio de lo desconocido y el riesgo. Y existen muchos
que no lo hacen por cobardÃa. Que no se suspenden sobre las calamidades hasta
la altura insondable de los sueños. Que temen arriesgar y se habitúan solo a su
zona de confort. Deben ser almas muertas desandando sin ganas los recodos de
la vida. Narrar te permite ilusionarte, trabajar con lo imposible,
construir una razón distinta. Por eso los que ganaron premios, los que no; y
todos los que estuvimos aquel once de noviembre del dos mil diecisiete en el
Centro Dulce MarÃa y Loynaz para iniciar un nuevo sendero de instrucción literaria;
lo hicimos sintiéndonos vivos y más felices con nosotros mismos. Por eso y las
circunstancias imperantes, brindamos como pudimos. Pero lo hicimos. Brindamos con
refresco en la antigua casa de la insigne escritora. Era casi medio dÃa y mi
alegrÃa ya dispersaba al nerviosismo. Quedaba servida el aula y las ansias de conocer para el próximo sábado.

0 Comentarios