El salón de espera permanecÃa lleno como casi todos los viernes. Las nueve y cuarto de la mañana y los pacientes para la consulta de otorrinolaringologÃa ante la prolongada demora, empezaron a comentar entre ellos:
- Desde la siete estoy aquà y no han aparecido los dichosos materiales para la consulta.
Asà pasa con todo y… ¿Quién paga?
Refirió Esperanza. Una señora entrante en los setenta años.
- Por eso yo prefiero que cobren la salud, pero tener una atención de primer mundo.
Mira aquà el tiempo que hemos perdido y no hay ni una explicación.
Sentenció Ernesto. El cuarentón que se encontraba a su lado.
Una joven próxima, aún con el oÃdo izquierdo tapado, alcanzó a escuchar algunas palabras y quiso desahogarse.
- Lo que no hay es vergüenza.
- ¡No…! Y la otra parte de la pelÃcula es que ahora cualquiera puede ser médico.
Si te quedaste sin carrera y tienes sesenta puntos en el escalafón, puedes estudiar medicina.
¿Qué les parece? (Dijo el hombre.)
- ¡Claro…! Es que los mejorcitos están afuera y alguien tiene que quedarse aquÃ. (Añadió la anciana.)
En eso, un muchacho vestido con pantalón oscuro y camisa de mangas largas tocó a la puerta de la consulta. TraÃa una jaba con algo adentro. La doctora abrió, le dio un beso y lo hizo pasar.
- ¡Mira, mira…! Mira ese. Entró como Juan por su casa con el regalito.
- Hay mi tÃa… ¿Usted no sabe que esto funciona asÃ? ¡El que tiene puede! ¡El que no, que se joda! (Exclamó Ernesto antes de pararse de un tirón.)
Mientras tanto, en la entrada del salón apareció una mujer caminando acelerada.
- El último para otorrinolaringologÃa.
Nadie contestó.
- Por favor, el último para la consulta de otorrinolaringologÃa.
Silencio en el sala.
- ¡¿Señores, no hay último?!
- ¡Yo! Yo soy el último. (Contestó en el fondo un viejito con bastón, camisa remendada y un bolso de saco colgado al hombro.)
Disculpa mi niña. TenÃa la mente en otro lugar.
Parte del auditorio comenzó a reÃrse. Ernesto, que caminaba todo serio por el pasillo dijo:
- Esto es una tragicomedia.

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