Linares era un tanto raro. Bastante diría yo. Aún más que los habitantes de aquella aldea. A veces se le podía escuchar en el timbre de su voz. O ver en los gestos de su cara. Sólo intercambiaba con la amiga de antaño. El ave que volaba bajito y tenía un sonido alto. De ahí que no muchos oyeran los refranes del anciano mientras conversaba con su inusual compañera.
La incertidumbre de saber si esas historias eran inventadas, o no, atormentaba su cabeza maltratada por el peso de los años. Tal vez su única preocupación era esa, a diferencia de los restantes habitantes del Nes. No obstante, Nayeli era singular. Algo la hacía distinta, más allá del cabello naranja.
Esperó un día de «sangre de luna», así nombraban en la aldea a los días que tenían mitad sol-mitad luna, para entrar en el nayoki del viejo y encararlo, aunque el precio que tuviera que pagar fuera alto (escuchar berrinches de un veterano senil). Necesitaba a alguien que le contara una vivencia personal. Una que fuera más allá de la monotonía en aquel Nes de mierda que le producía mareo de sólo imaginarse envejecer entre piedras, polvo y nubes oscuras. Anhelaba aferrarse a una esperanza para poder seguir.
Entonces, tocó la puerta y aguardó unos segundos. Al ver que nadie contestaba, abrió la puerta con total determinación. Sin embargo, no encontró al viejo, pero si miró detenidamente el altar donde aquel hombre veneraba a sus Ochis.
Detalló cada rincón del nayoki, que para ella era especial. La decoración que tenía creaba una sensación de misticismo, penetrando en cada célula del cuerpo de cualquier intruso que interrumpiera la armonía imperante en el lugar.
Allí vio figuras enigmáticas fuera del alcance de su conocimiento. Objetos irreconocibles. Eran como unos tubos finos, de un aparente color marrón, pero que no fueron hechos de plástico. Eran incluso asimétricos. Y lo más llamativo fue el olor. Una peste que no tenía registrada en ningún rincón de su memoria.
Había unas criaturas extrañas, cubiertas por un líquido espeso, dentro de unos pomos transparentes. Cuando destapó uno de ellos, el tufo invadió el lugar. Ella intentó tocar el contenido de los frascos. Temblaba y un vomito le subía hacia la boca. Nunca antes sintió esa textura tan blanda y pegajosa. Era un animal que pareciera no tener huesos. Le colgaban cinco patas con dedos entrelazados y dos lenguas traspasaban sus finos y apretados colmillos. Pero lo que más le impresionó, fueron aquellas escamas verdosas. Fue así que, conteniendo el temor, sostuvo con ambas manos a la criatura aparentemente muerta. Lo hizo como para inspeccionarla y no olvidarla jamás. Luego la introdujo nuevamente en el pomo e intentó salir.
Ya cuando estaba a punto de abrir la puerta, algo inesperadamente llamó su atención. Una caja donde no había rebuscado porque estaba escondida entre pedazos de madera y pieles de murtones. Un cofre de madera que brillaba entre la oscuridad. Pero Nayeli, como no tenía por qué divagar entre lo bueno y lo malo, se dispuso a hacer lo segundo con un placer indiferente que le supo a victoria.