Derramaste tu sudor 
sobre mis pechos.
Iluminaste con tu ardor 

mi débil amor.
Cabalgaste las sendas 

de mi cuerpo
para detenerte perdido 

por el tiempo cruel.
Como el parpadear de niño soñoliento
que no salía de su habitual parsimonia, tu guiño de adiós lastimó un espíritu cargado de emociones.
Entonces el reloj que marcaba un lejano juicio desvanecido,
quedó extinto y entró en trance de alucinación.
Similar a hojas de otoño este sentimiento se deshilaba,
porque ya su creador había cambiado de estación,
reinaba un invernal adiós.
Y como efecto de corcho mi fuerza interna quiso salir a flote,
pero era tarde…
la botella, su contenido y el corcho vagaba en el mar con mi amor.
Sedientas las raíces de la pasión necesitaban de aquel roció,
que sólo con tus labios lograban saciarse.
La falta de su cuidador surtía un terrible efecto.
El retoño que germinó al tiempo quedó extinto.
Aniquilado, sucumbió el árbol del amor,
que una vez junto a ti, iluminó dos almas y su otro yo.
Pero ambos nos disecamos en la espera de tu regreso, que jamás llegó.