Hoy Isa hizo su primer avión de papel.
Dice que es bastante grande y que en él cabemos todos. Hasta le recortó las
ventanillas y lo quiere pilotear. Las alas son triangulares y en la punta le dibujó
una flor. Alega que es una rosa en el pico de su paloma. Sí, porque
para ella este avión, liviano y blanquito todo, puede ser también, sin
esfuerzo, el ave de la liberación.
Con un tubo de papel higiénico conformó
la turbina de la nave. Y con el color amarillo le pintó en un costado el reflejo
del sol. Indica que es allá adonde quiere llevarnos. Lo hizo con su pulgarcito
arriba y las pupilas encendidas. El fuselaje es de precinta enrollada para
cubrir muy bien las grietas. Al preguntarle sobre el uso de esa cinta, contestó con una
de sus cejas levantadas: «es para que no entre el viento y podamos volar.»
Ahora comienza el viaje. Lo
hacemos juntos. En su mano izquierda y después con la derecha. Sin distinción
aparente. Afirma que el vuelo es largo, aunque ya casi llegamos. ¡Ah! Y que no puede haber demoras porque debemos regresar.
Yo tan sólo me entretengo viendo sus hazañas y
el sonido en forma de motor que hace con la boca, y la carrerita entre los
muebles con un brazo en alto, los labios humedecidos y una sonrisa pícara revelando su intención.

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