Muky entró al aula aún vestida de preescolar. La noche anterior estuvo dando vueltas en la cama con los ojos abiertos. Dijo que no tenía sueño porque quería ir a la escuela. A la mañana siguiente llegó como casi siempre. Con la mochila a la espalda y en el merendero su «refuerzo». Ya sabía dónde iba cada uno, y cuál era su puesto de clases. Ella se notaba alegre, aunque un tanto ensimismada.
Había aprendido muchas cosas en tan sólo un mes de curso. Conoció nuevos amigos -uno de ellos engalanaba el uniforme con un ligero resguardo, de principios y disciplina.

Aprendió significados y a distinguir sonidos. Representaba las palabras con puntos y rayas. Decía si eran cortas o largas. Débiles o fuertes. Así trabajó con «casa», «ama» y «papá».  Descompuso otras como «pozo», «teme» y «hoyo». Identificaba las sílabas con palmadas y los números con objetos -recursos para el aprendizaje que de seguro marcarán su vida.
En las paredes del aula colgaban retratos de héroes. Tenían ilustraciones con fusiles y frases de patriotas. También una lámina con la familia donde mamá estaba cocinando y el padre sentado en un sillón. En una esquina el televisor para el video educativo. Y en el centro el antiguo pizarrón con la tizas y el borrador. Uno de esos que casi no existen. Uno con el mapa de Cuba y el fondo verde… (¡Qué recuerdos me trajo aquel borrador! Es que dice mucho de una época, de nosotros, del ayer.)    
Corría el tiempo. Padres e hijos llegaban en la medida que la lluvia los dejaba. Aunque eran casi las nueve todavía no salía el sol. No obstante, el salón parecía un enjambre total: -Déjame arreglarte la zaya. -No corras que te sudas. -Mira para acá que voy a tirarte una foto -eran algunas de las frases que se dejaban escuchar-. Y había teléfonos celulares… ¡bastante! Y adornos, y zapatos nuevos y de marca para embellecer la ocasión.
Luego, la maestra dijo: «espero que no haigan dudas», y formó con sus alumnos una «M». Ahí presentó el motivo de la actividad y un pionero de sexto grado –que parecía ser el jefe de colectivo-, dio la voz de firme. Muky y sus amigos se pusieron en atención. Obedecieron la orden como bien habían aprendido. Se veían emocionados. Al instante sonaron las notas del himno nacional. Todos los niños empezaron a cantar. Los niños y la maestra. Los niños, la maestra y algunos mayores. Todos juntos hasta: «morir por la patria es vivir». Al terminar, unos cuantos empezaron a retozar. Otros se cogieron de las manos. Y un grupo de padres tiraron nuevas fotos para darle a su prole la constancia que ellos no tuvieron. O tal vez para revivir las de su tiempo. O quizás para aparentar. Mientras, la maestra ponía en cada diminuto antebrazo el atributo que los convertiría en pioneros Moncadistas. Y en cada acto ella reía con entusiasmo, mostrando en uno de sus dientes un reflejo dorado. Entonces aparecieron más sonrisas, flashes y lágrimas. Suspiros adultos de orgullos y nostalgias, pienso yo.

Muky salió del aula ya vestida de primero. Había jurado nuevamente lo mismo que yo a su edad: «ser como el Che». Iba contenta a pesar del aguacero. Iba con su pañoleta azul, la mochila cargada de dulces y la mente de sueños.