Leila luchaba todo el tiempo. Esperaba un cambio, rezaba… ¡lloró! Lo hizo muchas veces. Y se esforzaba por seguir adelante, pero no. Incluso soportaba a Yésica, que de vez en cuando la visitaba con el pretexto de ver a la criatura -en realidad para husmear y echarle en cara su fracaso- y ayudarla.
- ¿Leila, estás ahÃ? –dijo asomándose por una ventana.
- Baja la voz que me despiertas al niño –susurró con un plato en las manos.
- Ay… disculpa.
¿Estabas comiendo? –Preguntó de forma indiscreta.
- SÃ, ¿por qué?
- Por nada mija.
Estás mal. No se te puede ni mirar.
¿Te pasa algo?
- Yésica, por qué no me dejas en paz.
¿A qué viniste?
- Tú sabes.
- ¿Supiste algo de Daniel? –murmuró Leila, que ya sabÃa lo de la misión.
- ¡¿De Daniel…?! SÃ. Casi todas las semanas habló con él.
¿Por qué? -Yésica le fijó la mirada.
- Por nada. Nada más querÃa saber cómo le va.
- Tú estás extraña.
- No me hagas caso.
Dime, qué cosa tengo que saber.
- Lo del moño muchacha.
- ¿Pero tú sigues con lo mismo?
- FÃjate que es mi última oportunidad –Yésica hiso un ademán y continuó.
Acuérdate que son 50. ¿Qué te parece?
- Ya te dije que no. –Leila alzó un poco la voz.
Ya veré que hago, pero no.
- No seas bruta muchacha, si al final las dos vamos a ganar –dijo la peluquera mientras le tocaba el cabello.
- Qué no. ¡Dije que no! –sentenció Leila recogiéndose el moño.
- Está bien –dijo mirando a donde estaba el niño.
- Pero deberÃas pensar más en tu hijo. Él está creciendo y necesita de ti.
De repente a Leila le cambió el rostro.
- Y sabes que tu abuelo no está bien.
Después, se hizo la desentendida.
- Y este cuchitril te va a caer en la cabeza por tu obstinación.
Leila cerró los ojos. Estaba a punto de gritar.
- Yo tú lo pensaba mejor. –concluyó Yésica y salió dispuesta a irse.
- ¡Espérate! –exclamó Leila.
La peluquera se volteó, y despacio, con una sonrisa entre los labios, le respondió más suave de lo normal.
- Dime.
- ¿Dijiste 50?
- SÃ. Aunque me estoy arrepintiendo –contestó en tanto sacaba la tijera que llevaba en un bolsillo.
Leila bajó la vista y se quitó el pellizco.
- Hazlo ya –sentenció.
Yésica dio unos pasos y se ubicó atrás de ella. Bastaron tres movimientos para que el moño de aquella infeliz tuviera otra dueña. Un cabello lacio que tardó años en crecer, cortado en dos segundos. Leila no dijo nada. No pudo. Sólo cogió el dinero en una mano, y con la otra se tocó la cabeza y lo que quedaba de su pelo. Iba hacia el baño cuando la peluquera, que salÃa ya de la casa, se detuvo un momento.
- Por cierto, antier hablé con Daniel.
Les manda saludo a los vecinos, incluso a ti –hizo una pausa momentánea.
Está trabajando como un mulo para sacarme de aquà –dijo, y se fue-.
Leila no se inmutó, o aparentó no hacerlo. No tenÃa fuerzas para eso. Tan sólo buscaba paz. Ella continuó su rumbo. Fue hasta el espejo para comprobar lo que temÃa, y luego se acostó. Ya no sabÃa nada. QuerÃa olvidarlo todo.
Unos toques en la puerta la despertaron asustada. Tito y el niño aún dormÃan. La mañana era joven y el sol todavÃa no salÃa. Algunas personas sÃ. Estaban en la calle desde temprano. El fumador de abajo, la vendedora de pan, el viejito del café. Y el padre de Daniel con sus golpes en la puerta y la ansiedad en el cuerpo. Leila abrió y el hombre entró desesperado.
- Buenos dÃas mija –dijo mientras pasaba.
- Buenos dÃas Benigno. ¿Sucede algo?
Benigno no encontraba las palabras para explicar lo que supo. Fue un hecho inesperado que lo desconcertó. TraÃa puesto un pulóver con el emblema del partido. Y ni siquiera atinó a preguntar que le hallaba distinto a Leila. A ella no le gustó en lo absoluto el semblante de su confidente.
- DÃgame… ¿Pasó algo en su casa?
El hombre no la miraba. Solamente dijo que no.
- ¡¿Qué pasa Benigno?! –preguntó más nerviosa-.
¿Se siente mal?
- No mija… no es nada de eso
- ¡Entonces qué es! –exclamo Leila.
El hombre miró a otro lugar. Aún no organizaba las ideas. Su cuerpo estaba tenso. El corazón también. Fue a donde dormÃa el bebé, lo besó y se quedó allÃ, inmóvil. Observaba la copia de Daniel cuando era pequeño. Y también maldijo con el pensamiento y suspiró sin lágrimas. Leila presintió algo y fue hasta allá. Se paró cerca de él. Lo abrazó por detrás, como al padre que nunca tuvo. Y decidió confirmar lo que suponÃa.
- Es Daniel.
El hombre se volteó y los ojos le brillaban. Su silencio fue suficiente.
- ¿Qué le pasó a Daniel?
- No te preocupes. Él está bien –Benigno enmudeció por un segundo.
Hablamos temprano.
- ¡¿Y qué le dijo?! –se notaba alterada.
- Él llamó para decirme…
- ¡Para decirle qué! –ella lo interrumpió.
- Llamó para decirme que estaba en Miami.
Leila quedó en shock por un instante. Después levantó las cejas, cruzó los brazos y empezó a caminar como si buscara abrigo. Lentamente abrió la ventana y miró a la ciudad. AsÃ, durante unos minutos apoyó la cabeza en el marco medio podrido. Allà sintió que Benigno le tocaba los hombros. Intentaba alentarla. Le aseguró que todo pasarÃa, y que no se atormentara. Leila sólo escuchó sonidos. Ecos distantes en el fondo de su mente. Resonancias sin sentido. Él no querÃa dejarla pero debÃa trabajar. Por eso dijo que volverÃa más tarde. Y ella, vagamente oyó el ruido de la puerta mientras se cerraba. Nada más.
Nada más trascendente sucedió después de eso. Nada que no fuera para Leila la misma guerra hacia su paz. Atender a Tito, cuidar al niño, buscar cómo vivir entre grietas y corrosiones. Eso intentaba aquel viernes de agosto. HabÃa terminado el almuerzo y bañaba al abuelo. El pequeño jugaba en la cuna con un calor insoportable. Era mediodÃa y todo andaba tranquilo. Al menos en apariencias. La gente entraba y salÃa. El perro que ladraba, un pregonero en el pasillo, la señora del pan. Café, palomas, reguetón. Gritos, basura, sábanas tendidas. Radio, dominó, aguardiente… Y sin preverlo, el ESTRUENDO.
- ¡Esos son los americanos! ¡¿Dónde están los rusos?!
¡Yo quiero a los rusos! –Gritó la anciana con Alzheimer, esta vez sin su silla de ruedas.
La silla quedó entre el polvo, los escombros y el caos. Y el perro ya no ladró. Y no volvió el reguetón. Tan sólo, sirenas, lamentos… y un silencio de paz

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