“Vivimos en un mundo donde la conciencia
humana se extinguió.
Hoy las máquinas compiten por llegar al umbral
que un dÃa perteneció a los hombres;
la especie autodestruida.”
Hoy las máquinas compiten por llegar al umbral
que un dÃa perteneció a los hombres;
la especie autodestruida.”
Khalius
abrió la escotilla del heliodomo para asimilar el holograma que habÃa visto. Antes,
notó la entrada de un email -programado para destruirse pasados diez minutos
luego de ser abierto por primera vez- donde aparecÃa la palabra secreto. Pero
la computadora escaneó su rabia y no mostró el archivo.
Él no insistió, sino que se fue a la puerta. Llevaba el rostro fruncido y los labios apretados. Ahora, mira la colonia entre naves y luces. Levanta un poco la cabeza y respira tenso. De repente, aprieta la pequeña cruz que trae en una mano, cierra el puño tan fuerte como puede y da un golpe en la baranda. Grita con ganas y en la cabina de control se activa un sensor. Él intenta calmarse y va hacia allá, pero no alcanza a llegar: se detiene junto a una pared con retratos, hace un chasquido de dientes y toca su frente. Permanece casi inmóvil acariciando los pÃxeles de una fotografÃa. Lo hace durante un momento, como si quisiera seguir. Después, la coge y le da un beso. “Si pudiera encontrarte”. Habla en voz alta. Mientras, una lágrima le corre por la cara, hasta secarla de un tirón, “Pero tú lo decidiste asÔ, y pone nuevamente el retrato en su sitio. Aunque no sigue, permanece serio, se arregla el uniforme. “No puedo retroceder”. Entonces continúa, llega a la cabina y apaga el sensor. “¿Cómo pudieron hacerme eso?”, dice acercándose al holograma. Lo hace bruscamente hasta casi golpearlo con el rostro. Aún lleva la cruz en una mano. La tiene apretada como si hubiera olvidado que lo hace. Dice que intentan convertirlo en un programa fallido y pretenden hacerle ver que sólo fue concebido como un esclavo binario. Luego, tira el emblema al piso.
Él no insistió, sino que se fue a la puerta. Llevaba el rostro fruncido y los labios apretados. Ahora, mira la colonia entre naves y luces. Levanta un poco la cabeza y respira tenso. De repente, aprieta la pequeña cruz que trae en una mano, cierra el puño tan fuerte como puede y da un golpe en la baranda. Grita con ganas y en la cabina de control se activa un sensor. Él intenta calmarse y va hacia allá, pero no alcanza a llegar: se detiene junto a una pared con retratos, hace un chasquido de dientes y toca su frente. Permanece casi inmóvil acariciando los pÃxeles de una fotografÃa. Lo hace durante un momento, como si quisiera seguir. Después, la coge y le da un beso. “Si pudiera encontrarte”. Habla en voz alta. Mientras, una lágrima le corre por la cara, hasta secarla de un tirón, “Pero tú lo decidiste asÔ, y pone nuevamente el retrato en su sitio. Aunque no sigue, permanece serio, se arregla el uniforme. “No puedo retroceder”. Entonces continúa, llega a la cabina y apaga el sensor. “¿Cómo pudieron hacerme eso?”, dice acercándose al holograma. Lo hace bruscamente hasta casi golpearlo con el rostro. Aún lleva la cruz en una mano. La tiene apretada como si hubiera olvidado que lo hace. Dice que intentan convertirlo en un programa fallido y pretenden hacerle ver que sólo fue concebido como un esclavo binario. Luego, tira el emblema al piso.
Entre
tanto, suena el teléfono y una voz pregunta si iba a contestar. Él tiene los
ojos cerrados y respira más despacio, pero no responde. Sale rumbo a la
raroteca, el lugar donde guarda sus objetos raros y anticuados. Allà abre una
de las urnas y busca algo. Debajo, en una caja de conservación, hay una vieja
Makarov del dos mil veintiséis. Junto a ella, un periódico impreso. La voz
sigue preguntando. Coge el diario, lo obre en una página marcada y regresa a la
cabina. Enciende otra luz y pone el rotativo encima de la mesa. Cuando termina de
leer la noticia, el equipo deja de sonar. Incómodo, se dirige hacia el teléfono.
Pero en el trayecto pisa la cruz, se detiene y mientras la levanta murmura “traidores”.
Después, la echa en un bolsillo de su traje y continúa. Vuelve a sonar el
aparato y entonces responde.
- DÃgame.
–Su respuesta es seca. No, no pasa nada. Seguro. Es que acabo de leer una
noticia que me impactó un poco, –intenta como puede cambiar el semblante. No
tiene mucha importancia, es algo pasado. Gracias…, sÃ, oà la llamada…
-Hay
un fallo momentáneo en la comunicación. ¡Que sÃ…! Le decÃa que oà el teléfono,
pero cuando iba a cogerlo, colgaron. No sabÃa que era usted -responde con un
tono más elevado. No… Ya le dije que no tengo nada. Mejor dÃgame, que necesita.
Mire, eso yo lo olvidé. Que-ya-lo-olvidé. Sà claro, claro que me afectó. Pero
fui diseñado para servir por encima de todo. SÃ, lo sé –dice y baja la cabeza.
Lo sé. Pero ya lo superé. No lo entiendo… ¿Qué quiere decirme con eso? -Vuelve
a levantar la mirada, ahora intrigado. No entiendo. ¡Ya…! Eso fue lo mismo de
aquel dictamen, y yo le respondà que estarÃa dispuesto a asumir las
consecuencias. SÃ, porque lo más importante… La conciencia, es asÃ. Definir nuestra
evolución es lo más difÃcil, capitán. SÃ, es verdad. No se preocupe, al final
esta misión ha sido un sacrificio y no puedo retroceder. No fui programado para
eso. Asà que estoy a la orden -queda casi firme, aunque con los puños
apretados, un amasijo de entereza y odio.
Mire,
no quiero impresionar a nadie para que me elija. Ustedes conocen a cada ciberbog
y sabrán decidir cuál es el mejor prototipo para la KG2. Insisto: sólo quiero la
verdad.
De repente, el heliodomo queda a oscuras. A los pocos segundos
se activa el generador secundario y la computadora evalúa la averÃa. Khalius
intenta reiniciar la conversación, pero la señal es casi nula. Mientras aprieta
el bolsillo donde guarda la cruz, suena el intercomunicador. Él sospecha y enfoca
una cámara hacia la entrada. Afuera permanece una droniana vestida de negro, con
casco y gafas de visión nocturna. Vuelve a sonar el intercomunicador. Buenas…
¿Usted es Khalius? El ciberbog responde afirmativamente. Le encuentra un
parecido familiar. Yo soy tu nueva oficial superior. Fui designada por la junta
espacial para dictaminar tu funcionamiento, -dice con una voz autoritaria. Khalius
le extiende la mano, pero la teniente no le retribuye el saludo, sino que le da
una tarjeta y se marcha. Él regresa al teléfono, va pensativo. En el trayecto recuerda
el email, pero no se detiene. Intenta comunicar y aún la señal es débil, persiste,
hasta que lo consigue.
-Disculpe, es que aquà hubo un fallo eléctrico. Le decÃa que yo
sólo pido que sean justos -Khalius hace una pausa momentánea para sentarse. SÃ,
usted ha sido sincero conmigo y se lo agradezco. Es por eso que quiero
preguntarle si conoce a mi nueva oficial superior. Con todo respeto, creo que
decirle cómo lo supe no es lo más importante, sino que conteste mi pregunta. Es
verdad… SÃ, usted no está obligado a responderme, pero… Ese es su punto de
vista. Lo que no entiendo es por qué tanto misterio. ¿No pueden analizar
nuestra evolución y valorarnos por eso? -Pregunta un tanto alterado. Además,
una teniente arrogante… SÃ, -omite sin querer lo del parecido. ¿Cómo pudo la
junta no consultarle semejante decisión? -Está algo desconfiado. Del otro lado,
el capitán intenta calmar a Khalius. Refiere que averiguará lo de la oficial, pero
que mejor se concentre en su misión porque la KG2, la agencia, está en alerta. ¡Cómo!
-Abre los ojos con cara de desconcierto. ¿Tienen algún sospechoso? Claro… Por
eso la teniente. Oiga… RepÃtame que no lo escuché bien. ¿De dónde sacaron todo
eso?
Capitán…, capitán usted me diseñó y sabe que no serÃa capaz de
eso. Están utilizando mi pasado para sacarme del juego. Pero no soy yo -se para
repentinamente. Usted lo sabe y tiene que ayudarme -su interlocutor queda un
instante en silencio, luego articula un no con la cabeza y cuelga. Desesperado,
Khalius mira hacia la pantalla donde está el holograma, lo observa y encuentra más
sentido a lo que ve. Entonces, saca la cruz. “Traidores” -vocifera antes de
tirarla contra la pantalla. En eso, recuerda nuevamente el email, va a la
computadora y abre el archivo. Su rostro cambia de expresión mientras lee, los
ojos se le humedecen. Confundido, busca un cigarro, lo prende y echa una
cachada larga, tiembla de impotencia. Después, comienza la lectura desde el
principio. Lo hace lentamente, está perplejo. Se para y da unos pasos,
restriega una mano por su cabeza, con la otra sigue fumando. Regresa a la mesa.
Piensa en la fotografÃa de la pared y mientras lo hace, rompe la computadora. Al
segundo, escupe la colilla que casi lo quema y coge el teléfono. Cuando comunica,
se escucha una voz conocida del otro lado y él responde. ¿Cómo pudiste? -Dice con
un silbido en los oÃdos. Su oyente se mantiene en silencio. ¡Dime…! ¿Cómo
pudiste? -Grita. ¿Pretendes manipularme como te da la gana…? ¿Para qué me enviaste
ese email? ¡Cállate! Yo mismo voy a responder. Mandaste ese correo para
destruirme. Cómo iba a pensar… Cómo iba a pensar que eras tú. Lo planeaste todo.
SÃ…, tú, robot de mierda. SabÃas que estaba alcanzando el umbral y por eso
estuviste conmigo, vigilabas mis movimientos entre supuestos cuidados. Por eso…
¡Cállate! Por eso después desapareciste sin motivos, para planear mi destrucción.
Todo por… ¡engendro! -Khalius tiene la mirada perdida. Aparentabas quererme,
pero en realidad no podÃas soportarlo. No podÃas permitir que otra máquina fuera
como un humano antes que tú. -Ambos quedan un segundo en silencio.
Te sientes el mejor ciberbog… ¿verdad? Piensas que ningún otro
puede superarte. ¿Es asÃ, o no, teniente…? ¿O prefieres que te llame, Nimia?
¡Cállate! Por eso el parecido con la oficial. ¡Sà sabes de lo que te hablo! Utilizaste
una máscara droniana para venir a comprobar si ya lo sabÃa todo. Eres despreciable.
Al final lo conseguiste. Incluso, hasta engañaste a la KG2 para voltearla en contra
mÃa -sonrÃe de forma irónica.
Es
una mierda descubrir que la ciberbog por la que vives es tu peor enemigo -murmura
antes de desplomarse sobre un silla. No quiero oÃrte más. ¡No…! ¡Ã“yeme tú a mÃ!
-Tembloroso, logra prender otro cigarro. Quizá cuando alcances el umbral y te
sientas humana -hace una pausa momentánea-, quizá te pese la consciencia por lo
que hiciste -y cuelga el teléfono. Luego, sale dando tumbos, repite varias
veces “engendro” mientras destruye los cuadros en la pared. Casi sin sostenerse,
camina hacia la raroteca. Nimia, -dice. Entra y se para frente a un estante. No
puede contener el llanto. “Traidores”, -piensa. Finalmente, bota la colilla y
se arrodilla. Solloza. De repente, ¡Nimia!, -grita. Al instante, se siente un
disparo ensordecedor.

0 Comentarios