“Vivimos en un mundo donde la conciencia humana se extinguió.
Hoy
las máquinas compiten por llegar al umbral
que un día perteneció a los hombres;
la especie autodestruida.”

Khalius abrió la escotilla del heliodomo para asimilar el holograma que había visto. Antes, notó la entrada de un email -programado para destruirse pasados diez minutos luego de ser abierto por primera vez- donde aparecía la palabra secreto. Pero la computadora escaneó su rabia y no mostró el archivo.
Él no insistió, sino que se fue a la puerta. Llevaba el rostro fruncido y los labios apretados. Ahora, mira la colonia entre naves y luces. Levanta un poco la cabeza y respira tenso. De repente, aprieta la pequeña cruz que trae en una mano, cierra el puño tan fuerte como puede y da un golpe en la baranda. Grita con ganas y en la cabina de control se activa un sensor. Él intenta calmarse y va hacia allá, pero no alcanza a llegar: se detiene junto a una pared con retratos, hace un chasquido de dientes y toca su frente. Permanece casi inmóvil acariciando los píxeles de una fotografía. Lo hace durante un momento, como si quisiera seguir. Después, la coge y le da un beso. “Si pudiera encontrarte”. Habla en voz alta. Mientras, una lágrima le corre por la cara, hasta secarla de un tirón, “Pero tú lo decidiste así”, y pone nuevamente el retrato en su sitio. Aunque no sigue, permanece serio, se arregla el uniforme. “No puedo retroceder”. Entonces continúa, llega a la cabina y apaga el sensor. “¿Cómo pudieron hacerme eso?”, dice acercándose al holograma. Lo hace bruscamente hasta casi golpearlo con el rostro. Aún lleva la cruz en una mano. La tiene apretada como si hubiera olvidado que lo hace. Dice que intentan convertirlo en un programa fallido y pretenden hacerle ver que sólo fue concebido como un esclavo binario. Luego, tira el emblema al piso.
Entre tanto, suena el teléfono y una voz pregunta si iba a contestar. Él tiene los ojos cerrados y respira más despacio, pero no responde. Sale rumbo a la raroteca, el lugar donde guarda sus objetos raros y anticuados. Allí abre una de las urnas y busca algo. Debajo, en una caja de conservación, hay una vieja Makarov del dos mil veintiséis. Junto a ella, un periódico impreso. La voz sigue preguntando. Coge el diario, lo obre en una página marcada y regresa a la cabina. Enciende otra luz y pone el rotativo encima de la mesa. Cuando termina de leer la noticia, el equipo deja de sonar. Incómodo, se dirige hacia el teléfono. Pero en el trayecto pisa la cruz, se detiene y mientras la levanta murmura “traidores”. Después, la echa en un bolsillo de su traje y continúa. Vuelve a sonar el aparato y entonces responde.
- Dígame. –Su respuesta es seca. No, no pasa nada. Seguro. Es que acabo de leer una noticia que me impactó un poco, –intenta como puede cambiar el semblante. No tiene mucha importancia, es algo pasado. Gracias…, sí, oí la llamada…
-Hay un fallo momentáneo en la comunicación. ¡Que sí…! Le decía que oí el teléfono, pero cuando iba a cogerlo, colgaron. No sabía que era usted -responde con un tono más elevado. No… Ya le dije que no tengo nada. Mejor dígame, que necesita. Mire, eso yo lo olvidé. Que-ya-lo-olvidé. Sí claro, claro que me afectó. Pero fui diseñado para servir por encima de todo. Sí, lo sé –dice y baja la cabeza. Lo sé. Pero ya lo superé. No lo entiendo… ¿Qué quiere decirme con eso? -Vuelve a levantar la mirada, ahora intrigado. No entiendo. ¡Ya…! Eso fue lo mismo de aquel dictamen, y yo le respondí que estaría dispuesto a asumir las consecuencias. Sí, porque lo más importante… La conciencia, es así. Definir nuestra evolución es lo más difícil, capitán. Sí, es verdad. No se preocupe, al final esta misión ha sido un sacrificio y no puedo retroceder. No fui programado para eso. Así que estoy a la orden -queda casi firme, aunque con los puños apretados, un amasijo de entereza y odio.
Mire, no quiero impresionar a nadie para que me elija. Ustedes conocen a cada ciberbog y sabrán decidir cuál es el mejor prototipo para la KG2. Insisto: sólo quiero la verdad.
De repente, el heliodomo queda a oscuras. A los pocos segundos se activa el generador secundario y la computadora evalúa la avería. Khalius intenta reiniciar la conversación, pero la señal es casi nula. Mientras aprieta el bolsillo donde guarda la cruz, suena el intercomunicador. Él sospecha y enfoca una cámara hacia la entrada. Afuera permanece una droniana vestida de negro, con casco y gafas de visión nocturna. Vuelve a sonar el intercomunicador. Buenas… ¿Usted es Khalius? El ciberbog responde afirmativamente. Le encuentra un parecido familiar. Yo soy tu nueva oficial superior. Fui designada por la junta espacial para dictaminar tu funcionamiento, -dice con una voz autoritaria. Khalius le extiende la mano, pero la teniente no le retribuye el saludo, sino que le da una tarjeta y se marcha. Él regresa al teléfono, va pensativo. En el trayecto recuerda el email, pero no se detiene. Intenta comunicar y aún la señal es débil, persiste, hasta que lo consigue.
-Disculpe, es que aquí hubo un fallo eléctrico. Le decía que yo sólo pido que sean justos -Khalius hace una pausa momentánea para sentarse. Sí, usted ha sido sincero conmigo y se lo agradezco. Es por eso que quiero preguntarle si conoce a mi nueva oficial superior. Con todo respeto, creo que decirle cómo lo supe no es lo más importante, sino que conteste mi pregunta. Es verdad… Sí, usted no está obligado a responderme, pero… Ese es su punto de vista. Lo que no entiendo es por qué tanto misterio. ¿No pueden analizar nuestra evolución y valorarnos por eso? -Pregunta un tanto alterado. Además, una teniente arrogante… Sí, -omite sin querer lo del parecido. ¿Cómo pudo la junta no consultarle semejante decisión? -Está algo desconfiado. Del otro lado, el capitán intenta calmar a Khalius. Refiere que averiguará lo de la oficial, pero que mejor se concentre en su misión porque la KG2, la agencia, está en alerta. ¡Cómo! -Abre los ojos con cara de desconcierto. ¿Tienen algún sospechoso? Claro… Por eso la teniente. Oiga… Repítame que no lo escuché bien. ¿De dónde sacaron todo eso?
Capitán…, capitán usted me diseñó y sabe que no sería capaz de eso. Están utilizando mi pasado para sacarme del juego. Pero no soy yo -se para repentinamente. Usted lo sabe y tiene que ayudarme -su interlocutor queda un instante en silencio, luego articula un no con la cabeza y cuelga. Desesperado, Khalius mira hacia la pantalla donde está el holograma, lo observa y encuentra más sentido a lo que ve. Entonces, saca la cruz. “Traidores” -vocifera antes de tirarla contra la pantalla. En eso, recuerda nuevamente el email, va a la computadora y abre el archivo. Su rostro cambia de expresión mientras lee, los ojos se le humedecen. Confundido, busca un cigarro, lo prende y echa una cachada larga, tiembla de impotencia. Después, comienza la lectura desde el principio. Lo hace lentamente, está perplejo. Se para y da unos pasos, restriega una mano por su cabeza, con la otra sigue fumando. Regresa a la mesa. Piensa en la fotografía de la pared y mientras lo hace, rompe la computadora. Al segundo, escupe la colilla que casi lo quema y coge el teléfono. Cuando comunica, se escucha una voz conocida del otro lado y él responde. ¿Cómo pudiste? -Dice con un silbido en los oídos. Su oyente se mantiene en silencio. ¡Dime…! ¿Cómo pudiste? -Grita. ¿Pretendes manipularme como te da la gana…? ¿Para qué me enviaste ese email? ¡Cállate! Yo mismo voy a responder. Mandaste ese correo para destruirme. Cómo iba a pensar… Cómo iba a pensar que eras tú. Lo planeaste todo. Sí…, tú, robot de mierda. Sabías que estaba alcanzando el umbral y por eso estuviste conmigo, vigilabas mis movimientos entre supuestos cuidados. Por eso… ¡Cállate! Por eso después desapareciste sin motivos, para planear mi destrucción. Todo por… ¡engendro! -Khalius tiene la mirada perdida. Aparentabas quererme, pero en realidad no podías soportarlo. No podías permitir que otra máquina fuera como un humano antes que tú. -Ambos quedan un segundo en silencio.
Te sientes el mejor ciberbog… ¿verdad? Piensas que ningún otro puede superarte. ¿Es así, o no, teniente…? ¿O prefieres que te llame, Nimia? ¡Cállate! Por eso el parecido con la oficial. ¡Sí sabes de lo que te hablo! Utilizaste una máscara droniana para venir a comprobar si ya lo sabía todo. Eres despreciable. Al final lo conseguiste. Incluso, hasta engañaste a la KG2 para voltearla en contra mía -sonríe de forma irónica.
Es una mierda descubrir que la ciberbog por la que vives es tu peor enemigo -murmura antes de desplomarse sobre un silla. No quiero oírte más. ¡No…! ¡Ã“yeme tú a mí! -Tembloroso, logra prender otro cigarro. Quizá cuando alcances el umbral y te sientas humana -hace una pausa momentánea-, quizá te pese la consciencia por lo que hiciste -y cuelga el teléfono. Luego, sale dando tumbos, repite varias veces “engendro” mientras destruye los cuadros en la pared. Casi sin sostenerse, camina hacia la raroteca. Nimia, -dice. Entra y se para frente a un estante. No puede contener el llanto. “Traidores”, -piensa. Finalmente, bota la colilla y se arrodilla. Solloza. De repente, ¡Nimia!, -grita. Al instante, se siente un disparo ensordecedor.