Nuestro formato mejoró mucho con la entrada de Lili, la calidad de lo que hacíamos y lo que quisimos decir. De pronto, creía que había encontrado la parte que me faltaba. Una especial, como dije antes. Solo pensábamos entrar en otros cerebros. Tocarles el corazón con la mandarria de los sentimientos. Sin modorras, ni paños tibios. Con las entendederas bien abiertas, y las palabras afiladas como un machete mambí. No había nada que pudiera apartamos de eso. O si no, dejaríamos de ver la luz.
Miami no fue tan bueno. Dormíamos los dos en la habitación de un hotel tres estrellas. Yo, como cubano al fin, le cedí la cama a Lili. Y tuve que amaestrar un duro sofá que me sirvió de cobijo. El agua caliente escaseaba. Y el aire acondicionado no enfriaba lo suficiente la habitación donde nos dejaron. Pero estábamos acostumbrados. Ninguno de los dos teníamos agua permanente en Cuba. A veces ni teníamos. Y mucho menos, aire acondicionado en el cuarto. En ese viaje, cada vez que salíamos al escenario, o cuando estábamos tristes, o nos entraba el gorrión, fue cuando inventamos la frase: «La cima está desnuda por nosotros, violémosla de una vez.» Así encontrábamos fuerzas, o engañamos a la mente para levantarnos del piso. Cuando Lili entró, y ampliamos el grupo, ella no fumaba. Después, parece que el humo de mis cigarros convencionales, y otros no tanto, la hicieron embullarse. Yo lo hacía para calmar los nervios. Siempre he sido un alterado. Desde que entré a la escuela primaria y mi mundo de sosiego se perdió. Creo que Lili no. Ella era segura, como ya dije al inicio. Pero se embulló y no pudo apartarse del vicio jamás. Incluso llegó a fumar más que yo, por placer o por manía... qué se yo. Pero, nunca sospechamos lo que pasaría después.
Tirado, en vez de lanzado en febrero del 2011, cinco años después de Holguín, Miami y nuestro bautizo con «Malditos», llegó el disco: «A pecho limpio». Este fonograma reunía trece temas. Todos escritos por mí y producidos de manera independiente. No obstante, los canales oficiales de promoción, nunca nos dieron la oportunidad de mostrar nuestro talento. Decían que no éramos profesionales, ni estábamos evaluados por no sé qué, o quien. Tan sólo, fueron el llamado «paquete», que recién comenzaba en el pueblo, y unos cuantos amigos de la infancia, los que hicieron posible, a pecho limpio, que el disco se colara en muchos rincones de Santiago y otras provincias de la isla. Temas como: «El juego» y «Esta es mi verdad» llegaron a sonar por varias semanas en cumpleaños, parques, boteros y otros lugares en distintas ciudades.
No resultaba fácil digerir que, antes del disco éramos unos más del montón. Desconocidos totales empeñados en hacer lo que nos gustaba. Para luego, como corona a la sinceridad y al empeño, empezar a pegarse nuestras rimas de boca en boca. Sabíamos que ellas pinchaban como un alfiler atravesado en la garganta de los oportunistas. Y también que servían como energía para los apagados por el desencanto.
Alguna vez has temido que tu novia, o novio, te deje por otro(a). O seas sustituido(a) en tu trabajo, porque ya no cumples las expectativas. O eres apartada(o) de tu círculo de amigos por algún motivo que desconoces. Nada de eso sentimos Lili y yo por aquellos días. Sino todo lo contrario. Tampoco nos preocupó desde antes, porque ese no era el objetivo de nuestra carrera. –Mañana tal vez no estemos aquí. Mejor vivamos el hoy –decía mi compañera a cada rato.
Luego que nos dimos a conocer, hubo un muchacho en el pueblo que comenzó a visitar nuestros ensayos. Vivía cerca de la iglesia, y bajaba la loma hasta donde estaba mi casa. Simplemente, para ver a los «Malditos» que tanto oía por la calle. Él primero, y algunos otros después, se reunían en los alrededores de la sala. Casi siempre cuatro veces por semana, para escuchar en primera fila nuestras letras y compases, a pecho limpio.