- Me dicen Alex, «el sobreviviente.»
¿Cómo te llamas tú? –Le preguntaba a cada uno de los que
entraban a la casa.
Fue importante saber que teníamos el apoyo
de esas personas y los tantos que empezaron a interesarse por los «dichosos
malditos». Así escuchamos decir a una mujer que nos cruzamos un día por la
calle. Todavía pocos nos conocían en persona. Pero ya eran varios los que nos copiaban
en CDs, memorias flash, u otros aparatos.
Lili y yo empezamos a ser más que un grupo.
Comenzamos a confiarnos secretos, pensar en la misma línea, hacernos
confidentes. Aunque cada uno mantenía intacta su personalidad. Ella era suelta
y sin miedos. Yo, preciso y contraído.
- Ustedes cantan distinto. Cuando suben al
escenario es como si explotara una bomba que todo el mundo siente.
¿Cómo lo logran? –Preguntó un titulado: «periodista»
en una entrevista informal.
- Es que hay mucho que contar –le dije con
una sonrisa intencionada. Lili asintió con la cabeza mientras se tocaba la
barbilla.
Empecé a escribir en una libreta, y luego a
rimar, por obligación. Había una fuerza interna que me arrastraba a otra vida
dentro de mi cuerpo. Un espíritu irreverente, pero digno y decente. Tenía que cantar
y expresar, sino el que explotaba era yo. Lo hice siempre intentado ser fiel
conmigo y con la gente que nos apoyó. No había frenos en esos sueños tan
bisoños. Sólo deseos acumulados y esperanzas… ¡Muchas esperanzas!
- Por qué la gente cuando los ven, les grita:
«no se paren», «sigan adelante» –recuerdo que fue la otra pregunta de aquel
entrevistador.
- Me parece que eso se lo tienes que
preguntar a ellos. Pero creo que la respuesta se sobreentiende… ¿no crees?
–Respondió Lili. Yo hice un movimiento con los hombros. El periodista quedó
mudo.
En la tarina nos movíamos de un lado al
otro, acercándonos al público, subiendo los brazos con los puños cerrados.
Parece que eso le llegaba a las personas y lo interpretaban de tal forma, que las
hacía gritar. Es algo que si no lo vives resulta difícil de entender. Pero fue
así. Adolescentes, jóvenes y otros no tanto se paraban, movían las piernas
contagiados con el ritmo, tarareaban los estribillos, silbaban o aplaudían. Son
recuerdos que no olvidaré jamás. Unos «improvisados», salidos de la nada… ¿cómo
pudieron pegarse tanto? Pregunta que todavía me hago y quisiera que alguien
respondiera.
Nunca tuvimos una presentación en grandes
plazas, ni sonamos en la radio, pero tampoco importaba. No fue necesario porque
el pueblo se encargó de esparcirnos, como la niebla que se expande por la
sierra de este pueblo en cada amanecer. Ese fue el verdadero y casi único regocijo
que tuvimos, durante los diez años que duró «Malditos». No cerraban los teatros
por capacidad, porque ni siquiera nos los abrían. Pero lo hicieron los barrios,
y las calles de los pueblos donde anduvimos a pie, como nuestros seguidores.
Una noche, en medio de un concierto en el
parque de mi pueblo, empezó a llover. Al inicio fue una llovizna. Luego fue
apretando, hasta convertirse en un rotundo aguacero. Uno fuerte que quiso
joderlo todo. Pero la gente no se acobardó. Lili me miró en el intermedio de un
tema. Yo le hice una seña con un ojo y ella al instante entendió. Ahí fue
cuando empezó a sonar: «Yo soy ustedes» y la gente respondió sin miramientos.
Salieron de donde estaban guarecidos, entre arbustos, portales y otros sitios
para cantar, más bien, gritar improvisadamente: «Yo soy ustedes porque somos uno solo. Yo soy ustedes porque digo la
verdad. Yo soy ustedes porque no tenemos miedo, y somos uno en esta cruda
realidad.»
-
Se pronostica intensas lluvias para todo el archipiélago –fue el
pronóstico de meteorología al día siguiente. Era una tormenta tropical que
azotaba a la isla. Una banda de nublados que cubrió el cielo de gris durante
casi una semana. Ríos crecidos, pueblos anegados, casas invadidas por el agua y
la tristeza, fue una parte del saldo que dejó aquel fenómeno.

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