Desesperados atravesaron el pasillo, y en el fondo, en una esquina que no logra apartarse de mi mente, como aquel vendaval, encontraron en una pequeña camilla, mi cadáver. Una vecina que entró antes me cuidaba. Yo permanecía sobre la espalda con el pantalón roto, sin camisa y un solo zapato. Al verme los dos quedaron idos de sí. Luego el nietecito… el de quince, se lanzó a abrazarme sobre mi abdomen con marcas violáceas. Su tío que seguía detrás, inerte al principio, empezó a dar pasos lentos después. Como si caminara el cuerpo y no la mente. Como si se maldijera cien veces por haber deseado en un momento de ira lo que ahora se le cumplía. Así fue, andando, dando tumbos, hasta llegar frente a mi cabeza herida. Ahí me peinó con una mano, y mientras lo hacía dijo con la voz temblorosa:
–No. ¡No puede ser!
– ¿Por qué papá? ¡Por qué! –Dijo destrozado–.

Sollozaba, me arreglaba el pelo descolocado tras la contusión cerebral. Yo lloraba con él. Pero mi cara recién afeitada y con pocas arrugas a pesar de la edad, le mostraba un hematoma en el pómulo izquierdo. Nada de llanto.
Más tarde con ellos, el resto de la familia y los buenos vecinos llegué al velorio. Iba tieso en aquel cajón de Anacahuitas. Cuatro coronas con dedicatorias desbordaban su tapa superior. La funeraria permanecía llena de personas que fueron a despedirme. Incluso algunos enemigos, y mi segunda mujer. La madre de la otra familia que tanto quería y nunca pude sacar a la luz.
La muerte te deja correr desorientado. Te deja hasta que mueve los hilos y caes en su trampa. Nunca más vuelves a salir.
Toda la noche estuve en la funeraria. Al amanecer, muchos estaban con ojeras y sin fuerzas. Mi nieta menor no pegó un ojo. Pasó horas mirándome a través del cristal. Se limpiaba con el pañuelo la nariz, sin apartar un segundo la mirada. Tenía la esperanza de que, si se quedaba, si seguía atenta, podría darse cuenta de cuando volviera a respirar. Ingenua.
El silencio allí era casi imperturbable. Las cuatro de la tarde fue la hora indicada para el entierro. Fue ahí que mis hermanos y sobrinos levantaron la caja en sus hombros. Muchos empezaron a llorar. El cortejo inició con el coche funerario delante. Íbamos lento, despacio, como estirando la distancia para no llegar al cementerio. Así pasamos por Ricardo Rizo, la calle principal del pueblo, y le dimos la vuelta a la iglesia. Sus campanas sonaban. La gente salía a contemplar la caravana de dolientes.  
Entramos al campo santo recorriendo el camino que lo dividía en dos hasta la secta fila del ala izquierda. Allí, en la tumba donde sería enterrado, se aglomeraron todos los que fueron. Tres sepultureros, uno de ellos con una botellita en el bolsillo, descendieron mis restos hacia la oscuridad de aquel hueco. Recuerdo que mientras lo hacían, las palabras emocionadas de un amigo me homenajearon.
–El barbero seguirá pelando en Songo.
Poco a poco el eco de su voz se iba alejando de aquel lugar. Y mientras lo hacía, al mismo tiempo se acercaba adonde yo estaba siendo sepultado. Al principio era casi imperceptible. Luego empecé a sentirlo más fuerte. Y más, más, más, y más… Hasta que salté de la cama con el corazón desbocado, las ideas aturdidas y en medio de todo eso, una inexplicable sensación de alegría.
Con las manos temblorosas, corriéndome un sudor friolento por la cara, desaté el nudo de la jaba que colgaba en la cama, y cogí la botella del Santiago. Me quedé mirándola por un momento, y sin titubear, sin pensar demasiado, la boté en el fregadero. No fuera a pasar que mi entrañable compañero. El mismo que conocí una tarde poniendo notas en una guitarra vieja, quisiera quedarse de nuevo para seguir desandando juntos, ahora sí, al viaje sin retorno.