Aunque, no sé.
Siento que la misma pesadilla me sigue acompañando hasta hoy: el vendaval.
Ráfagas de viento, truenos, chirridos en el techo. Aquel estruendo final…
Ahora, en el lugar
donde estuvo la barbería de mi abuelo hay una tienda. Mi familia no quiso
meterse en reclamaciones de propiedad, porque ni siquiera sabía si existía
alguna. Pero un negociante del pueblo al parecer fue más «inteligente». Y de
alguna manera obtuvo el permiso para montar allí una pequeña peletería. En la
esquina, al lado del servicentro. Por eso, a Mané el barbero lo están
olvidando. Tuvo tres barberías a lo lardo de su vida, y al final no quedó
ninguna. Murió una tarde tormentosa entre los escombros de la última.
Dicen que tú no
mueres cuando dejas de existir físicamente, sino cuando te olvidan. Yo creo que
sí. Que la muerte no es más que eso: olvido.
De mi abuelo, a no ser por la familia y contados amigos,
ya casi no quedan recuerdos. Fue por eso también que escribí este relato. Y
después moví cielo y tierra hasta publicarlo: para que no muera jamás.

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