Piti y Nané ya estaban en el portal cuando llegué. Me esperaban recostados en el muro de lajas del jardín. Cuchicheaban con las mochilas a cuestas. Piti había guardado la bicicleta, tenía cruzadas las piernas y todavía cargaba el porfiado. Nané llevaba puesta una blusa con las mangas remangadas, y ya no traía sus anillos de «fantasía». Vestía un pantalón oscuro y esos zapatos que en el pueblo conocían como: «alpargatas». La noche empezaba a refrescar con el aire que movía algunos cartuchos. Una brisa suave que venía de alguna parte, y a veces se aceleraba y arremetía contra nuestra piel pegajosa. También removía las matas de Marpacífico.  Las sembradas en la orilla de la calle, del lado donde no hicieron acera y la gente pasaban asustadas por los carros. Una nube de polvo se levantaba en el «caminito» –espacio de tierra frente a la casa de Ariadna donde jugábamos a las bolas y la pelota–. Miré el Poljot que tenía en la muñeca, y marcaba las nueve menos cinco. El barrio permanecía medio desierto, con aquel silencio de encierro, a pesar de los tambores y que teníamos corriente.

– ¡Mijo como te tardaste! –dijo Nané.
–Fue por mi abuelo… –contesté cabizbajo.
– ¿Otra vez? –Exclamó Piti.
–Si –le dije tan sólo.
Los dos se quedaron mirándome en tanto me arreglaba la gorra que el aire pareció virarme. Lo hacían apretando la boca y con las cejas fruncidas. Callados. Después Piti, cambiando el semblante y con ganas como las de un niño en una juguetería nueva, preguntó: – ¿Nos vamos?
Yo me encogí de hombros, como esperando. Fue Nané quien respondió.
–Vámonos –y empezaron a andar–. Ellos dos se adelantaron un poco. Yo, aún parado, agarré los tirantes de mi maleta y miré hacia la casa de Marucho. La luz de la sala estaba encendida. Luego suspiré y volteé la cara.
– ¡Eh, espérenme! –Grité corriendo.     
Y mientras me emparejaba con sus pasos intenté salir de dudas.   
– ¿Y que dijeron ustedes en sus casas?
– ¿Pocho, tú estás arratonao? –inquirió Piti de repente.
– ¡Claro que no! –Respondí serio. Ariadna se sonrió.
Seguimos bajando la loma sin hablarnos. Eran los primeros compases de aquella gran aventura. Íbamos por el lado izquierdo de la calle, para aprovechar la luz de las farolas y tener más visibilidad. Los camiones y las motos subían por ahí como si estuvieran en una carrera. Y en las curvas como la de la funeraria, o la de casa de Joel, había que estar muy atento.
–Le dije a Mirna que iba para casa de Piti –contestó Nané a mi pregunta.
–Y yo dije que iba pa su casa –afirmó José Enrique señalando a Nané. Por poco Tito no me deja –dijo refiriéndose a su papá de una forma que no me gustó. 
–Pero… ¿y si nos descubren?  
–Tranquilo Pocho. No va a pasar nada –dijo Nané. Piti volvió a escanearme con sus ojos, como un agente de Aduanas empecinado con un pasajero. Pero no habló. Avanzamos unos trescientos metros más, bajando toda la avenida Martí. Hasta que llegamos al camino por donde se cogía para ir a Prolongación del Moncada, la famosa calle «cueva de los monos». Cuando vi que Nané se detuvo y miró el papel de su abuelo, la reliquia de antaño, el mapa que al parecer nos traería a Chiló; pregunté:
– ¿A dónde vamos?
– ¡Compay tú no para de preguntar! –exclamó Piti. Nané seguía concentrada en el papel.
–Es que no me han dicho nada, chico –dije–. ¿Y a ti que te pasa conmigo? –Encaré a José Enrique.
– ¡Nada, eh, eh! Tú, que llegaste tarde y ahora estás preguntado como un mongo.
–Oye Piti… ¡qué coño te pasa! –dije casi brincando sobre él–. En eso Nané me agarró por el pulóver.
– ¡Tranquilícense los dos! –Gritó alejándome de José Enrique.
–Piti, cálmate los nervios. Se trata de tu hermana de sangre, pero también de la nuestra… ¿ok?  –dijo mirándolo fijo–.
– ¡Pocho! –me llamó, ahora volteándose hacia donde yo estaba–. Para que no preguntes más –e hizo una pausa momentánea mientras doblaba el mapa–, vamos a entrar en casa de Mama Cuca.