No podía creer
lo que había oído. Seguíamos avanzando por el camino hacia la cueva de los monos y yo empecé a pensar: Estos están locos. Cómo
vamos a meternos en una casa ajena. Pero además cerrada, sin nadie. De verdad
que se chiflaron. ¡La casa de Mama Cuca! Un lugar donde uno no sabe lo que hay.
Donde se han hecho tantos bembés y han bajado tantos espíritus. No, no, no. Y
seguía pensando esto, en tanto me acercaba con ellos a la entrada de la casa:
Mira eso. Mira la oscuridad que hay aquí. –Tragaba saliva en seco–. Para qué
vinimos aquí. ¿Y si lo de la niña en el patio es verdad? ¿Y si hay alguien
adentro cuidando la casa? ¿Y si nos sale la mismísima Mama Cuca? ¡Qué va! Yo
creo que voy a decirle a esta gente que me voy. Continuaba pensando cuando Piti
abrió la portezuela del jardín e hizo un ruido contra el pasillo de piedras.
– ¿Qué fue eso? –Pregunté con los ojos más
abiertos.
–Fue la puerta
Pocho –contestó Nané en voz baja, y siguió caminando despacio, como para no
hacer ruido–. Y habla bajo que nos pueden oír –refirió acomodándose los
espejuelos.
Los tres
íbamos en una fila india. Piti era el primero, Brenda estaba en el medio y yo
cerraba el paso de la secta. Más de una vez miré hacia atrás. Llevábamos unos
quince minutos de camino, y para mí parecieron horas.
–Ya estamos
dentro –recuerdo que dijo José Enrique entusiasmado–.
–Tenemos que estar
atentos –susurró Nané–. Yo asentí con la cabeza en tanto miraba hacia los
lados. Atravesábamos nada más y nada menos que el jardín de la difunta Mama Cuca.
Casi a las nueve y media de la noche. Unos veinte metros cuadrados divididos
por un pasillo de piedras cementadas. Un espacio donde aún estaba, a pesar del
abandono que tenía la casa y la sequía, la enorme mata de limón. Los sembrados
de caña santa y yerba de calentura. La albaca, las pencas de sábila y la
salvia. Mama Cuca tenía muchas plantas allí. También tenía un pozo. Un pozo
pequeño pegado a la entrada de la casa. Uno donde esa noche Piti habló sin
pensar, con la cabeza metida adentro, y el pozo resonó.
–Parece que
está seco –dijo encendiendo adentro su linterna–. El eco se expandía. Nané y yo nos quedamos vigilando, parados
frente a la puerta de la casa. El techo del portal era de tejas francesas con
una columna de Majagua.
– ¿Qué es eso?
–Preguntó Piti metiendo aún más la cabeza–. Yo salí corriendo para el pozo
cuando lo oí. Nané fue detrás.
–Parece un
bulto... O una piedra–dije.
–No. Es un... –dijo
Nané, y titubeó por un momento–. Es un animal –concluyó.
–Es el cuerpo
de un animal –sentenció Piti–. Pero sin cabeza.
Parece que el
eco se escuchó en la casa de al lado, porque vimos cuando se encendió la
lámpara del portal y a los pocos segundos alguien abrió la puerta. Aunque no
supimos quién fue. Corrimos tan rápido como pudimos a escondernos en el
callejón. Tras una pared de tablas podridas, como estaba casi toda la casa.
– ¿Quién anda
ahí? –Oímos que preguntaron a lo lejos–. Parecía la voz de un hombre. Un hombre
viejo, por como sonó. Pero no volvió a hablar. Y después sentimos cerrarse la
puerta.

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