Tener en frente esa casa, en aquel estado tan deprimente: virada como si fuera a caerse, con las vigas podridas y las ventanas clausuradas, era tétrico. Tenía el techo en forma de triángulo, de puntal alto y con zincs ahuecados. Unos seis metros de ancho por cinco de largo y cuatro de altura, de madera y metal abandonados. Cuatro paredes de tablas astilladas o partidas. Entre dos callejones de tierra cercados con cardón –tuna de cruz–. En el fondo, un patio amplio que se comunicaba con dos fincas privadas. Y más allá el campo abierto. El monte por donde tantas veces pasamos para ir a jugar pelota. La casa daba miedo; quiero decir terror. No importaba si fuera de noche o de día, si estabas allí el ambiente siempre parecía sombrío. Cuando estuve con mi abuela fue igual. Desde adentro incluso, todo se veía peor.

Piti sacó un poco la cabeza de atrás de la pared, y miró hacia el portal de donde vino la voz.
–Ya entró –dijo con una parte de la cara rosando las tablas.
– ¿Estás seguro? –preguntó Nané con la espalda pegada a la pared.
–Si –contestó él, y salió rumbo a la entrada de la casa. Nosotros lo seguimos. Subimos el escalón de bloques que dividía el jardín del portal con su piso de cemento. Piti levantó una mano, la puso en la puerta y empujó. Yo miraba una efigie metálica clavada en la pared, arriba del número del domicilio: nueve. Era la imagen de San Lázaro. Su rostro herrumbrado y sucio, sujeto por un clavo a medio enterrar. Al mismo tiempo, sin esperarlo, chirriaron las bisagras de la puerta y esta se abrió. Los tres quedamos atónitos. Al instante sentí el sonido de algo que cayó en el piso. Pero no pude ver lo que era. Adentro estaba oscuro como una boca de lobo.
–Tengan cuidado. Parece que alguien estuvo aquí –balbuceé con los músculos de la cara tensos.
–O está todavía –murmuró José Enrique levantando el brazo donde tenía la linterna.
Entramos a la sala uno tras otro. Piti iba delante con la linterna alumbrando a veces adelante y otras hacia el techo. Nané continuaba en el medio, apretándome con una mano y la otra con el puño cerrado. Yo ya había sacado la navaja de mi multitool: por si acaso, como decía mi abuela. Aunque no lo puedo negar; me temblaba un poco. No podía controlarme el pulso que sentí como se disparó sin más. Tampoco sabía que hacíamos allí, ni que buscábamos. Y todavía me preguntaba el por qué seguía a esos locos. Qué fuerza misteriosa me empujaba hacia ellos sin hacerme desistir. No entendía. Es que las cosas más importantes para uno, en ocasiones son las más difíciles de entender.
– ¿Qué estamos haciendo aquí? –Le pregunté a Nané en tanto continuábamos.
–Necesitamos la copa del santo de Mamá Cuca –respondió ella.
– ¿Y eso pa qué? –susurré atento a los rincones.
– Ahí vamos a preparar «la toma».
– ¡La qué! –le dije.