–SSSS…
Cállense la boca –dijo Piti volteándose hacia nosotros. Mientras él alumbraba
los rincones de la sala, podía verse el desorden de aquel lugar. Las cosas
estaban rotas o tiradas en el piso. Había una mesa llena de polvo con un taburete
patas arriba. Otro volteado en el piso. Dos sillas con cabillas sueltas,
pintadas de negro. El sillón de madera donde se mecía Mama Cuca, con el
espaldar destrozado. En las paredes no había casi nada. A no ser el cuadro con
el marco de bronce y la foto de una niña. El retrato de una mulatica con su
sonrisa congelada. Por los rasgos en su cara parece que estaba enferma. Al lado
del cuadro, cerca de un tarro de buey colgado, el haz de la linterna se reflejó
en el cristal de un búcaro. El florero colocado sobre una repisa para las
ofrendas de la niña, sin flores, y restos de cera derretida. Las veces que
estuve con mi abuela lo vi. Siempre tenía girasoles y agua. Y una vela
encendida, y otros cuadros más pequeños de familiares que ahora no estaban.
En el falso
techo se sentían sonidos. Encima de los cartones manchados y abultados por la
humedad. Eran chillidos de animales que revoloteaban por las esquinas. Parecían
murciélagos.
–Busca el
interruptor de la luz –dijo Nané girándose hacia mí.
– ¡Estás loca!
Nos van a ver –sentenció José Enrique sin apartar la vista del frente. Yo iba
pasando la mano sobre la larga pared que dividía la sala con los cuartos. Pero
la oscuridad casi no nos dejaba avanzar. Intentaba sujetarme y a la vez buscar
el interruptor que no aparecía. En tanto palpaba las tablas, sentía el relieve
definido de sus líneas, algunos hoyos y astillas, pero nada del maldito
interruptor. ¡Yo si quería encender la luz! Aunque fuera sólo por un momento.
Quería saber si en verdad no estábamos solos. Si no corríamos ningún peligro.
Si salíamos al fin de aquella cueva envuelta de supersticiones. Y salir
corriendo de una buena vez con la copa o sin ella. ¡Pero salir!
–Creo que el
altar está allí –balbuceó Brenda señalando hacia un pequeño cubículo después de
la sala. En el fondo de la casa.
–Sí, es ahí
–afirmé.
–Vamos –dijo
Piti.
Casi
llegábamos al final de la sala, caminando con un temor como si fuéramos ciegos.
Chocábamos con las cosas y nos agarrábamos el uno del otro, cuando toqué algo
puntiagudo con la palma de la mano. Me detuve entonces y volví a tocar. Palpaba
el área como buscando lo que hacía un segundo perdí. Hasta que sentí el cambio:
el plástico de la tapa con el interruptor en el medio. Lo encendí, pero la luz
no prendió. Miré al techo y todo se mantenía igual: en penumbras. Como cuando
entramos cinco minutos antes: sombrío. Así continuamos los tres, con el
chillido de esos bichos sobre nuestras cabezas, y los latidos del pecho
amplificados en la sien, y las miradas perdidas, y el calor que volvía, y el
misterio de la noche a pesar de que había corriente, y la casa vieja, y la foto
de la niña, y el animal degollado en el pozo, y la voz del viejo de al lado, y
el sonido de los tambores más cerca… De repente: una luz. Aquel resplandor incandescente
a nuestras espaldas. Una energía encendida que dejó todo iluminado. Yo no podía
moverme. Era como si me hubiesen sacado de un congelador y mis sentidos no
respondieran; excepto la visión. Por eso vi cuando saltó Piti. Parecía que
tenía un resorte en cada pie. Nané levantó los brazos y empezó a gritar:

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