– ¡UUUHH! –pero
en eso Piti la sujetó y pudo taparle la boca.
– ¿Quién anda
ahí? –preguntó él con una voz chillona. Las piernas le temblaban. Yo me fui
volteando despacio, en tanto creía tener el control de mis movimientos. Hasta
que quedé de nuevo frente a la entrada de la casa. Separados por el espacio recorrido
y los sofocones que pasamos. Ahora, iluminados por el resplandor amarillento de
un bombillo colgado en el techo. Sujeto por un cable trenzado. Con una tela de
araña guindando entre el cable y los cartones abofados. La luz de la sala.
Empecé a reír
sin poder controlarme. Una carcajada nerviosa que apareció con dos lágrimas que
ni Piti ni Brenda vieron porque estaban a mis espaldas.
– ¡Apaguen esa
luz! –ordenó José Enrique y yo le obedecí sin chistar. Lo hice agitado, mientras
me secaba las huellas de desesperación que salieron sin poder aguantarlas. Nané
había visto una sábana suspendida sobre algo, al lado del baño. Era el paño de
santo del altar.
– ¿De qué te
reías? –Preguntó ella con esos ojos sugerentes.
–De nada –le
dije sacudiéndome la nariz, en tanto volvíamos a caminar–. De nada.
Los años
vividos y la experiencia me han hecho reflexionar sobre lo que hicimos. Fue una
locura total. Si hubiera sido ahora yo no habría ni empezado. Pero en aquella
época éramos tres adolescentes movidos por una ilusión de cosmonauta. Por
desgracia solamente quedé yo para contarlo. Nané y Piti ya no están.
– ¿Encendiste
la luz? –me susurró después al oído para que Piti no la oyera. Yo la miré, me
rasqué la cabeza y asentí. Ella dibujó una sonrisa en la comisura de sus labios,
y continuamos avanzando. La risa y el olor de su colonia me hicieron olvidar por
un instante aquella oscuridad. De repente nos vimos juntos en el sótano de Mirna,
jugando a las casitas como tantas veces, con mis labios en su cuello.
Todavía yo
sudaba frío cuando entramos al local donde Mama Cuca hacía sus rituales y
veneraba a los santos. Ahí si prendió la luz. Recuerdo que Brenda accionó el
interruptor, y sentí el parpadeo del tubo fluorescente. Fue a la par con la
impresión de aquella imagen: un desconcierto. Nada estaba en su lugar. Era como
si hubiesen registrado hasta cansarse. Al fondo, en un pedazo de tela roja que
colgaba de un hilo, podía leerse con letras blancas: «el muerto hace al santo». Pedazos de hierros y clavos de rail de
línea estaban regados por todo el suelo.

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