– ¡No enciendan la luz!  –Gritó Piti alterado.
–Hay que hacerlo Piti. Si no, no vamos a ver nada –respondió Nané con voz autoritaria.
–Yo creo que no está aquí –dije mientras hacía un paneo rápido con la vista.
–No seas pájaro de malagüero –contestó José Enrique apartando la sábana blanca que cubría unos cajones de madera– Recuerdo que en una esquina había un caldero con plumas, huesos y unos collares de colores.  
Empecé a buscar la dichosa copa y no aparecía ni en los centros espirituales. Una copa de aluminio, que según recordaba parecía de plata. Los nervios me estaban comiendo.
– ¿Y aquí que pasó, un ciclón? – Exclamé con la voz entrecortada, en tanto apartaba una güira seca, algunas frutas podridas y pedazos de algo, como de una cazuela rota. Había pétalos de Marpacífico tirados en el piso, entre los clavos, y unas velas gastadas sobre platillos de porcelana.

–Aquí no hay na´ Piti –sentencié mientras me enderezaba sacudiéndome las manos–. Después volví a rascarme la cabeza.
–Tiene que estar aquí caballero –dijo él sin parar de hurgar entre las cosas–. Eso no puede haberse desaparecido.
–Piti… –dijo Nané– alguien estuvo aquí antes que nosotros.
– ¡No está ni el San Lázaro del altar! –agregué.
– ¿El santo no está? –Vociferó Nané visiblemente perturbada.  
– ¡Busquen bien! –Indicó José Enrique, como si no hubiese escuchado–. Eso tiene que estar aquí. Y siguió como si un espíritu le dijera que no parara; yo que sé.  Nané y yo nos miramos. Su expresión todavía era confusa y mis ganas de encontrar la copa y salir de aquella casa eran equivalentes al sudor en mi camisa empapada y la picazón que me cernía la cabeza.
Volví a buscar entre aquel desbarajuste. Encontré unos garabatos recostados a la pared. Al lado había un coco con una vela derretida, un vaso con agua y unos cuantos gajos secos. Pero nada de la copa. También vi unos símbolos pintados en el suelo. Eran una especie de flechas con curvas, cruces y círculos. Pero lo que más me impactó no fue eso. Lo que si me dio miedo fue una cosa que al parecer se vinculaba con el hallazgo del pozo. Un hecho surrealista para mí. Dentro de un caldero, pintada con rayas rojas y blancas, había… –eso nunca se me ha olvidado– había una cabeza de macho enorme –cerdo–.
–No puede ser –decía Piti–. Tiene que estar aquí. Yo aún estaba mudo.
–No está Piti –le dijo Brenda con una mano sobre su espalda–. ¡Se la llevaron, se perdió! No sé. Creo que intentaba convencerlo para que se diera por vencido.   
– ¿Pero ¿cómo? –Pregunto José Enrique agitado–. ¿Quién querría esa copa?
–Cualquiera –Nané le respondió–. Cualquiera que fuera a hacer lo mismo que nosotros –dijo con los hombros caídos.
–No sigan buscando –dije en voz baja, en tanto volvía a meter la cabeza de macho en el caldero–. Luego respiré profundo, me incorporé y levanté una mano ensangrentada: –aquí está la copa.