Piti no podía
creerlo. Había encontrado la copa que necesitábamos para la toma de Chiló. Él
me la arrebató de las manos, le dio un beso y le limpió la sangre con la camisa,
mientras la apretaba contra su pecho.
–La
encontramos, la encontramos… –repetía como si estuviera loco–. Una locura de
alegría mezclada con esperanza. Estábamos parados sobre aquel desorden, en
medio de la noche y con muchas preguntas sin respuestas. Pero, por primera vez
sentía una extraña sensación de alivio. Como un bálsamo para resistir al miedo.
Muchos miedos.
La copa parecía
la señal que afirmaba que no estábamos locos. Que en verdad existía un camino
para llegar al secreto de Caballín y el día del resucitado. Que no se trataba
de un simple juego de niños, sino de un objetivo mayor. La misión más
importante.
Nané permanecía
con los hombros caídos. Miraba al suelo, pensativa. Yo me paré frente a ella, y
le levanté la cabeza. José Enrique estaba embelesado con la copa.
– ¿De verdad
Chiló volverá? – Me preguntó cómo si temiera por algo–.
–No sé
–alcancé a responderle antes de abrazarla–. No sé. Y la abracé más fuerte.
–Lo único que
sé es que estamos juntos–le susurré al oído, acariciándole el pelo–. Y de esto
saldremos juntos.
– ¿Juntos como
los voltus? –Dijo Piti, en tanto se acercaba
a nosotros por un costado.
–Juntos. –Le contesté
con una tímida sonrisa.
–No los oigo –respondió
él con una mano en la oreja.
– ¡Juntos!
–gritamos Nané y yo entre risas.
–Que-no-los-oigo
–repitió José Enrique.
¡JUNTOS!
–Gritamos más fuerte, esta vez los tres–. Y siguieron las risas, es decir las
carcajadas, entrelazados con los brazos sobre los hombros. Hasta que nos
sentimos sofocados. Cansados de tanto reír con nuestras frentes unidas, para
liberar tensión.
Pasó un
momento antes que nos soltáramos y yo propusiera seguir el camino. Nané me apoyó.
Mientras, Piti echaba la copa en su mochila, cuando de repente sentimos un
sonido en dirección al portal.
– ¿Quién anda
ahí? –Se oyó una voz, y la puerta que se abría.
– ¡El que sea,
que salga! –Dijeron–. Era alguien que vio las luces prendidas y oyó nuestros
gritos. Tuvo que ser eso. Traía algo en una mano que brillaba con el resplandor
de la luz.
– ¡Es el viejo
de al lado! –Exclamó Piti.
–Y tiene un
machete –sentenció Brenda–. ¡CORRAN!

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