Los tres
salimos disparados por la puerta del patio como perros que se matan. Nané iba
delante, yo detrás y Piti cerraba la retirada. Atravesamos un trillo con el
polvo levantándose por lo rápido que corríamos. En eso, alcancé a ver de reojo
una cruz de madera enterrada en la tierra, junto a la cerca. La vi justo antes que
saltáramos por allí, por aquella pequeña cerca de palos y alambres de púas. Como
si fuéramos unos saltamontes o Javier Sotomayor. Nada nos detenía. Ni la yerba
de guinea a la altura de las rodillas, ni los gajos de las matas dándonos en el
cuerpo, ni la tierra que se me metió dentro de un zapato, ni los guisasos en el
pantalón. Se oía el machete cortando monte.
– ¡Párense ahí
condenaos! – Gritó el viejo detrás. – ¡Párense cacho e cabrones! –Y cada vez
que gritaba nosotros corríamos más, y más, y más.
Yo veía los pies de Nané como si se pegaran en su nuca y sentía el aliento de Piti como si lo llevara montado a caballito en mi espalda. Nunca miré hacia atrás. Sólo oía nuestros jadeos, el ruido de las matas mientras nos habríamos paso, y los gritos del viejo. – ¡Párense ahí! –. Grillos, alaridos y maldiciones que a cada rato se oían más lejos: – ¡Ladrones! –
Yo veía los pies de Nané como si se pegaran en su nuca y sentía el aliento de Piti como si lo llevara montado a caballito en mi espalda. Nunca miré hacia atrás. Sólo oía nuestros jadeos, el ruido de las matas mientras nos habríamos paso, y los gritos del viejo. – ¡Párense ahí! –. Grillos, alaridos y maldiciones que a cada rato se oían más lejos: – ¡Ladrones! –
Corrimos.
Corrimos demasiado. Creo que fue tanto como Usain Bolt. Bueno, como una
imitación china de Usain Bolt. Éramos unos linces por aquel monte. –
¡Ladrones!– Y el sonido del machete chapeando a la yerba. –Párense ahí carajo–.
Hasta que lo fuimos dejando atrás, y luego no lo oímos más.
Habíamos ido a
parar a la escuela «Seremos como el Che».
La primaria de los barrios del MINCIN, el túnel y sus alrededores. Estábamos cerca
del campo de pelota.
Paramos y las
piernas me temblaban. Sentía los músculos engarrotados y los pies me latían
como si el corazón se hubiese corrido para allá abajo. Tuve que sentarme porque
no aguantaba más.
–Agua, agua…
–decía Nané entre jadeos. Tenía una pata del pantalón sucia, y el pelo y la
blusa pegados a la espalda.
–Dame agua –me
decía apoyada con ambas manos sobre las rodillas–. El abdomen se le contraía a
una velocidad impresionante. Piti había tirado la mochila y se quitaba la
camisa. Lo hacía como si estuviera en cámara lenta.
–Agua –volvió
a pedirme Brenda–.
Rebusqué entre
las cosas, pero no veía el pomo. Aparté la caja preparada y la libreta. Saqué
el cepillo de dientes y el calzoncillo. Luego los volví a meter. El pomo no aparecía.
–No, no traje
agua.
– ¡Coño Yorel!
–Recuerdo que me dijo desesperada–. Piti… agua. ¿Trajiste agua? –Exclamó Nané mirando
hacia él.
José Enrique
estaba acostado en el piso, sin camisa, con los brazos suspendidos y la boca
abierta. Parecía un muerto.

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