–Sí. Está por
ahí –alcanzó a mascullar sin apenas moverse, mientras hacía un ademán en
dirección a la mochila–.
–Yo voy –dije–.
Fue un suplicio volver a levantarme, y caminar esos metros hasta la mochila.
Tenía un dolor tremendo en las plantas de los pies, y las pantorrillas no me
dejaban dar un paso sin un hincón de por medio. Los tirones en los muslos me
parecían corrientazos.
La mochila de
Piti era de lona. De esas verdes con hebillas que tenían los guardias. Demoré
un poco en desatar las correas y abrirla. El agua todavía estaba fría y la copa
húmeda por el sudor del pomo. El porfiado estaba más abajo, con gotas de agua y
un lado abollado. Cuando cogí el pomo, una parte del periódico que lo envolvía
se deshizo. Piti seguía prácticamente sin moverse. Ahora respiraba más
despacio, con los ojos cerrados.
–Toma –le dije
a Nané dándole la botella–. Ella se incorporó, le quitó la tapa y se empinó
desaforada. No paró hasta que el pomo anduvo por la mitad.
– ¿Tú quieres?
–Me preguntó cuándo terminó. Más calmada.
–Sí, dame un
trago –contesté–. Y me prendí sin mirar que ella lo había hecho primero, y su
saliva ya estaba en el agua, y su olor en la botella también. La colonia del
sótano, en una botella parecida a la que utilizábamos para jugar a la
«botellita». De nuevo entre los dos.
Mientras tomaba el agua la miré con el
rabo del ojo. Para mi sorpresa, ella hacía lo mismo. Se separaba el pelo de la
blusa, en tanto me miraba con otros ojos. Idénticos a los de las veces
anteriores. Eso fue lo que sentí. Se acomodó el moño y empezó a mirarme con una
especie de picardía que no quería ocultar. Después, una risa estilo la Mona
Lisa terminó de ponerle la tapa al pomo. Y fue literalmente así, poniéndole la
tapa al pomo que desparecieron los dolores y me le acerqué. Ella no apartaba la
vista al principio. Luego volteó la cara sin dejar de pasarse las manos por los
risos. Cuando volvió a enfilarme la vista, sus labios quedaron muy cerca de mi
boca. Tenía los espejuelos empañados. Mis manos, más tranquilas, ya estaban en
la parte baja de su espalda: entre las nalgas. Fue en eso, mientras la botella
rodaba por el piso, que la besé.

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