La «botellita» fue lo que nos atrajo. Nos abrió las puertas de una vida que no conocíamos. Nuestro pequeño universo del sótano, entre los hierros de camiones y autos. O el mundo de su cuarto, debajo de la cama o entre las sábanas, cuando estábamos solos en casa. La botellita surgió una noche parecida a la del suceso: sin corriente, con el pueblo en silencio y los mosquitos a sus anchas. Un pomo que daba vueltas entre nosotros, sentados en el piso, conspirando. Amigos del barrio criados juntos que nos atrevimos a más. A descubrir nuestros sexos, a explorar nuevos sentimientos, a intentar hacer lo que veíamos en casa o en la televisión. Quería quitarme la pena. A mí me llamó la atención eso que una vez me dijeron: Que no podía tener novia hasta que fuera adulto y trabajara. Eso se me grabó. Parece que a Nané también, y a otros vejigos en el barrio.


Dos o tres más: Marucho, Piti y Yuskenia. Por eso nos reuníamos de vez en cuando, en el corredor de alguna casa cuando se iba la luz: para jugar a la botellita. Aplaudíamos si el pico del pomo apuntaba a alguien y el fondo a otro. Aunque, al principio no sabíamos qué hacer si salían dos varones o dos hembras. Y optábamos por los castigos o las apuestas. Pero cuando se elegía una pareja. Una como la describen los católicos: un papá y una mamá. Ahí si gritábamos, se tapaban los ojos, o nos partíamos de la risa. A veces había que esconder la botella y simular que jugábamos a las escondidas. Fue así como conocí a la otra Nané. La Brenda que me dio la calidez de su aliento y la humedad de su lengua. Yo le regalaba cosas de mujer y le decía que nos casaríamos. Le llevaba anoncillos o mangos en las vacaciones; para tocarla. Ella se mostraba complacida. En el patio había una mata de mangos que en verano paría cantidad. Una de mango y dos de guayaba. También había otra de cerezas, y mi mamá preparaba unos dulces en almíbar que eran para chuparse los dedos. Como a veces me hacía Nané: chupaba; y yo le retribuía en su parte íntima. La besaba, y al mismo tiempo, con la yema de mis dedos le acariciaba la tela sobre su sexo. Ella reía cuando le rozaba con el índice la perla de su éxtasis. Aquella noche en la escuela fue parecido.
–Cuidado. Piti nos puede ver –me dijo entre suspiros, con una sonrisa cómplice.
–Difícil –le contesté determinado–. Y la empujé suavemente hasta el suelo. Ella se dejó llevar. Los dos caímos en la yerba, nos revolcamos en el polvo, le desabotoné la blusa, me tocó la hombría, se quitó los espejuelos. Luego se detuvo. El agua no podía calmarnos esa sed. Las piedras y las hormigas tampoco. Ni siquiera Piti.