En ese instante ya mis dedos no estaban en la tela. Habían bajado el zíper del pantalón y entraron hasta el algodón de su blúmer. Adentro estaba húmedo y caliente. Entré despacio, premeditado. Por eso ella se contuvo y me miró a los ojos. No dijo nada. Quizá fue por lo mucho que corrió. Tal vez era por como suspiraba entre mis brazos que su blúmer terminó mojado. Nané permanecía callada. Yo preferí ilusionarme ante la duda y seguí. 
 –Piti está ahí –susurró en mi oído. Su aliento me sofocó.
–No te preocupes. No pasa nada –le dije besándole desaforadamente el cuello. Ella volvió a sonreír. Movía la cabeza de un lado a otro, disfrutando, con un gemido tímido. Hacía una ligera fuerza con sus manos en mí pecho. Un ademán apenas para intentar separarse. Después gimió más sentido. Y una pata de sus gafas se hundió más en mi carne. Como mi mano entre sus muslos. Como mi dedo en su vagina. Pero no hubo manchas como la primera vez. Las manchas rojizas que la dejaron pasmada y después comprendió.

–Pocho…, Piti –dijo entre sollozos–. No le respondí.
Nané comenzó a mover las caderas con los giros de mi mano. Se mordía los labios.  No paraba de hincarme las gafas, y sus uñas empezaron a clavarse en mi espalda. Pequeñas garras que terminaron marcándome como sus besos, y el olor de su colonia, y su aliento.
–Yase, ah… ah… ah… –dijo con la boca abierta y los ojos cerrados–. Yase, ¡Ah! –gritó sonriendo con gestos de convulsión. Después apretó los dientes y me sujetó los hombros.  
–Piti nos va a coger –susurró entre jadeos. No paraba de menearse con los ojos brillosos y el corazón agitado. Yo estaba sobre ella y lo sentía. Por un momento me olvidé del mundo real. Fue como el efecto de una droga. Quizá mayor. Sólo quería hacer realidad las fantasías que inventaron mis neuronas. Recuerdos de juegos sexuales oídos a la hora del receso. Comentarios de niños en mi escuela que parecían hombres cuando hablaban.
No te voy a engañar. Nané me calentaba con poco. Sus gestos, la forma de decir, su olor. Sólo con verla, de la manera como ella me miró cuando yo tomaba agua aquella noche, era suficiente para encenderme las ganas. Después cogíamos candela y nos quemábamos del deseo; como el cuarto de Tula. O como decía la canción de Lili Martínez, versionada por El conjunto Chappottín: «Alto Songo se quema la Maya. Alto Songo…»
Ya tenía el pene afuera, sobrepasando la abertura en mi portañuela, duro como una mandarria. No era para menos.
–Pocho, tú me quieres –dijo Nané de repente. Yo no sabía que responder. Su pregunta me tomó por sorpresa. Nunca una niña-mujer me había preguntado una cosa así. Mucho menos de la forma en que ella lo dijo: seria. Como si de mi respuesta dependiera su vida. Como le ocurrió a mamá. No sabía qué hacer.
–Claro Nané –respondí después–. Claro que te quiero –le dije separándome un poco de ella, levantando la cabeza.