– ¿De verdad? –preguntó dubitativa–. Yo me mantuve callado. Solamente la miraba. En ese momento me pasaron veinte ideas por la cabeza. Varias sensaciones que ahora sería engorroso explicar. Tal vez más adelante te las diga.
No hablé. Tan sólo me tiré a un costado de ella, con la espalda sobre la yerba y el pene medio flácido. Después me puse las manos detrás de la nuca y respiré profundo, como buscando más aire, mirando al cielo casi sin estrellas. Contrariado.
– ¿Qué te pasa? –dijo inclinándose hacia mí–. Su voz sonó apagada. Tenía un codo apoyado en la tierra y la otra mano sobre mi pecho.
– ¿Por qué te fuiste? –Insistió Nané con menos brillo en los ojos–. ¿Dije algo que no te gustó?
–No. No eres tú –alcancé a responderle volteando la cabeza hacia el otro lado.
–Entonces… –susurró ella antes de hacer una pausa–. ¿Ya no te gusto?

No le contesté, sino que volví a mirarla, le acaricié el pelo y la besé. Luego acomodé el pene dentro del calzoncillo y me cerré la portañuela: – No eres tú –repetí disgustado, sentándome. Nané me abrazó por la espalda. Estuvimos unos segundos así, ambos en silencio, viendo a Piti dormir. Luego dijo: –No me quieres –en tanto se ponía frente a mí–. ¡Es eso, verdad! –Exclamó con las cejas levantadas y el rostro aturdido.
– ¡No Nané! ¡Te dije que no eres tú! –Le respondí mientras me paraba con la camisa en un hombro–. Soy yo –murmuré con la vista en el infinito–. Soy yo.
Nané se paró de un tirón, se puso los espejuelos, y cuando se abotonaba la blusa dijo: ¿Qué carajo te pasa? –me miró fijo. Una pata de las gafas estaba visiblemente torcida. Me habló sin pelos en la lengua, directa, como era ella.
Yo no podía aguantar la dureza en su expresión. Por eso, y por otras cosas, le respondí mirando hacia donde estaba José Enrique: –Es por mi papá. Brenda cambió el semblante en un instante.
– ¿Tu papá? –Dijo con cara de asombro–. ¿Qué tiene él que ver con lo nuestro? Preguntó parándose de nuevo frente a mí. Tenía una cara de espanto, como si temiera escuchar algo que la decepcionara.
–Eso era lo que él le decía a mi mamá: te quiero. –dije incómodo antes de continuar–. Se lo repetía constantemente, y ella se lo creyó. Empecé a ponerme la camisa y Brenda sentenció: –y luego desapareció. Yo fruncí el ceño y asentí con la cabeza.
–Se fue y la dejó embarazada de mí, el muy cabrón –dije con una voz de rencor. Rencor y añoranzas. En eso terminé de abrocharme la camisa y ella se abalanzó sobre mí: –eso no pasará con nosotros. –Fueron sus palabras, como para animarme… Después, me dio un beso y me abrazó. Fue ahí que sentimos un carraspeo de garganta y seguidamente una tos. Cuando nos volteamos, Piti tenía la cara soñolienta, marcada, y una sonrisa cómplice en la comisura de sus labios.
– ¿Descansaron? –Fue lo único que dijo. Habló como si nos hubiese estado vigilando desde el principio. Nané optó por mirarme. Después le respondió:  – Sí, más o menos.